Para la semana 3 de *cuarentena apocalíptica* os dejamos un texto de nuestra adorada Amy Ireland. Ireland es una de las integrantes del colectivo xenofeminista Laboria Cuboniks, y uno de sus ensayos fue publicado en la antología Ciberfeminismo: De VNS Matrix a Laboria Cuboniks (Remedios Zafra y Teresa López-Pellisa, eds., Holobionte, 2019).
«Ritmo Alien» es la primera parte de un ensayo que aparecerá publicado íntegramente en el magazine XENOMÓRFICA (de próximo lanzamiento en Holobionte Ediciones).

 

9.Ireland

 

 

AMY IRELAND

RITMO ALIEN

Traducción de Federico Fernández Giordano

 

 

«Ritmo Alien» es una conferencia impartida en el ALL Club de Shangái, en marzo de 2019.

 

«¿Cuál es el esquema de la araña? El esquema de la araña es la red, y su red es la manera en que ocupa el tiempo y el espacio (…) Tomen el concepto de una araña; el concepto de una araña incluirá todas sus partes anatómicas e incluso las funciones fisiológicas de una araña. Así, uno encontrará la clase de órgano divertido con el que la araña fabrica la red. Pero ¿podrías deducir a partir de esto lo que ahora llamamos el ser espacio-temporal, así como la correspondencia entre la red y el concepto de araña (lo que equivale a decir, con la araña como organismo)? Resulta curioso, porque es algo que varía enormemente según las distintas especies de araña. Hay casos de arañas muy especiales que, cuando mutilas una de sus patas, que después de todo no le sirven para fabricar la red, comienzan a tejer redes en relación a su nuevo estado, comienzan a hacer redes patológicas. ¿Qué ha pasado? Algo así como una perturbación en el espacio y el tiempo que se corresponde con la mutilación.»

Gilles Deleuze, The Schema and the Synthesis, Lectures on Kant

 

La alienidad (y la alienación que resulta de una confrontación con la alienidad) constituye la génesis de la novedad y el cambio. Donde sea que uno encuentre al alien, la mutación o la transformación no andan lejos. Y así, dado que la alienidad incluye un aspecto de no saber y de imprevisibilidad (la supresión de lo familiar y lo cercano), es también una de las cosas que más nos asustan en el mundo. Tememos lo diferente y lo extraño, a pesar de que necesitamos estas cosas para evolucionar. Pero hay una paradójica relación afectiva en estas nociones de otredad y diferencia que se encuentran en la alienidad: quiero hablarles de una bizarra y compleja introducción en la que el temor y el deseo van unidos.

Nada más llegar ahí, descubrimos una especie de confusión geométrica en esto: el deseo es lo que te impulsa adelante, mientras que el temor es lo que causa el rechazo. Como Mark Fisher escribió en Lo raro y lo espeluzante, no se trata simplemente de «disfrutar de aquello que nos atemoriza»; antes bien, «tiene que ver con una fascinación por el afuera, por aquello que yace más allá de nuestra percepción estándar, nuestra cognición y nuestra experiencia». Un sentimiento que implica terror y aflicción, pero que no se agota solamente en estos.[0] La invocación del «afuera» de Fisher inmediatamente pone en juego el prefijo xeno, que designa a lo que va después de este como foráneo o alien (un outsider, alguien o algo que llega desde el afuera).

Rebekah Sheldon ofrece la siguiente etimología extendida del término, entre algunas de sus aplicaciones contemporáneas:

Xeno– Del griego ξενο, ξεν. Un huésped, un extraño o forastero. Adj. extranjero, raro; frecuente en la terminología científica y otras expresiones. Véase por ejemplo accesorios particulares; enfermedades transespecie; simbiosis y parasitismo; un género de serpiente; erosión metamórfica o fusión parcial en los minerales; una ley extranjera; organismos portadores de patógenos en entornos esterilizados y laboratorios; un tipo de comparación de diagnósticos; transfertilización; ingeniería de células germinales y sus productos derivados; tener un origen fuera del cuerpo (como las enfermedades o los injertos de tejido); un molusco gasterópodo; una clase de pez sin espinas en las aletas, piel sin escamas y un área succionadora en el vientre; yacimientos minerales hallados a altas temperaturas; un virus inactivo; un armadillo; formas de vida extraterrestre o el estudio sobre las mismas…

Sheldon concluye: «Etimológicamente, la cualidad de xeno es trans. Como el injerto, el corte, la intrusión o el viaje espacial, xeno denota tanto el movimiento entre como la entidad móvil. Es lo foráneo y lo forastero, el afuera inesperado, la descendencia impropia, el extraño dentro, la erupción de un significado diferente.»[1] Xeno describe a la vez un vector y una alteración, la coincidencia entre transición y transformación, e involucra, por tanto, la relación entre un interior y un exterior que se encuentra dividido (o conectado) por un umbral que constituye el lugar de un cruce.

Para captar mejor esta noción de afuera que tanto Fisher como Sheldon invocan, es de ayuda conocer lo que constituye el adentro, o lo que Fisher denomina «percepción estándar, cognición y experiencia».[2] Más tarde, en su propio libro, él mismo nos da una pista cuando cita un enigmático texto aparecido por primera vez en un volumen del infame cyberzine underground del CCRU, Abstract Culture, publicado en 1999 y dedicado a la Hiperstición Digital [Digital Hyperstition]. El texto que cita Fisher, titulado «El episodio Templeton», relata una experiencia acaecida a un excéntrico filósofo llamado Randolph Edmund Templeton. Templeton, estudioso de Immanuel Kant, se encontraba meditando sobre la Crítica de la razón pura durante una nublada mañana en su buhardilla, cuando fue presa de la inquietante sensación de no ser quien creía ser: la sensación de que acababa de atravesar un umbral. Aquella sensación amenazante de algo alien (algo situado fuera del tiempo y el espacio) confirmó la corazonada de Templeton sobre que la obra de Kant, habitualmente tomada como un tratado sobre los límites de la «percepción, la cognición y la experiencia» humana, si se lee correctamente, en realidad funciona como un manual de viajes en el tiempo. En ese momento, Templeton se dio cuenta de que podía usar el sistema kantiano como una especie de «guía para diseñar síntesis temporales». Y la clave de todo, pensó, consiste en «el secreto del esquematismo; el cual, aunque sabemos que es un “arte oculto en las profundidades del alma humana”, pertenece sólo a la indescriptible Abominación del Afuera».

De acuerdo con Kant, nuestra experiencia del mundo está gobernada conforme a las reglas estrictas de la cognición, la percepción y la experiencia. Estas reglas hacen posibles para nosotros los objetos, la sucesión temporal (el tiempo experimentado como un flujo lineal que se mueve inexorablemente de T1 a T2 a T3…) y la co-existencia espacial (existen determinadas coordinadas cartográficas que son válidas para todo el mundo dentro de un mismo espacio universal; por ejemplo, la Antártida no desaparece sólo porque no la podamos percibir). La percepción humana, entonces, funcionaría como un reloj engrasado que sistematiza y universaliza nuestra experiencia, garantizando que los humanos, aunque podamos estar separados por vastas distancias o por largos períodos de tiempo, nos pensemos a nosotros mismos como si habitáramos el mismo espacio y la misma línea histórica, y como si este espacio y este tiempo funcionaran de manera consistente y predecible a lo largo de toda la experiencia humana. Para nosotros, el tiempo tiene sólo una dimensión (la de una línea) y el espacio tiene tres. Estas reglas constituyen los límites del adentro en tanto que definen la posibilidad de una experiencia, una percepción y una cognición compartidas por todos nosotros como seres humanos. En consecuencia, hay una semejanza que estructura la realidad para nosotros. Nuestra experiencia del mundo es entendible y comunicable gracias a esta semejanza, la cual asimismo determina el ritmo de nuestro sistema, su tempo o su beat: un sistema específicamente antropomórfico. La objetividad, el tiempo lineal y la simultaneidad de las tres dimensiones son sus parámetros de encuadre. Dentro de estos parámetros, pueden desplegarse otros ritmos diversos y particulares, pero sin llegar a romper nunca ese beat: el tiempo permanece lineal, el espacio permanece simultáneo. En consecuencia, la experiencia, en su nivel más fundamental e inconsciente, siempre resulta ordenada, familiar, confortante y hogareña. Tranquilizadoramente basculada para adaptarse a nuestras posibilidades perceptuales.

No es algo frecuente que busquemos aquellas experiencias que ponen en peligro o perturban dichos patrones. Dada la oportunidad, la mayoría de nosotros de hecho las evitaríamos. «Tiene sentido –escribía Freud– que la repetición y el re-encuentro de la identidad [o de la semejanza] constituyan por sí mismos una fuente de placer.» Y el placer, como señaló atinadamente Fisher, «siempre se refiere a formas previas de satisfacción». El placer siempre se define por la familiaridad.[3] Pero ¿qué ocurriría si invertimos esta situación? ¿Qué hay si la heterogeneidad y la diversidad que puede soportar nuestro ritmo precedieran a la necesaria homogeneidad del tempo? ¿Y si los objetos no actuaran como se espera de ellos? ¿Y si la lógica que estructura al tiempo y al espacio fuera diferente? ¿Y si sus beats fueran… extraños?

En su libro, Fisher opone al freudiano unheimlich (lo «insólito», lo «no familiar») sus propias ideas sobre lo raro [the weird] y lo espeluznante [the eerie]. El unheimlich, escribe Fisher, trata sobre «lo extraño dentro de lo familiar (…) Es decir, algo acosado por un afuera que se delimita a su alrededor, pero que nunca puede llegar a conocer o afirmar por completo». Sin embargo, continúa Fisher, «lo raro y lo espeluznante efectúan el movimiento inverso: nos hacen ver el interior desde la perspectiva del afuera».[4]

Lo raro y lo espeluznante designan distintas tonalidades afectivas relacionadas con los «modos de percepción» o «modos de ser» adyacentes a estas zonas de tráfico; son una fuga, una porosidad entre el pulso estandarizado del adentro y la transformativa ritmicidad del afuera. Mientras que lo raro tiene que ver con «aquello que no encaja» (confiriéndole a lo familiar «algo que habitualmente se aloja más allá» y que «no puede ser conciliado» mediante las reglas conocidas de asimilación o inteligibilidad), lo espeluznante, en cambio, describe la ausencia de un agente intencional allí donde debería haber uno, en la misma medida que su presencia allí donde no debería haberla. En lo raro, hay algo «de más», algo incomprensible en lo que de otro modo sería una escena ordinaria («una presencia exorbitante, un rebosar que excede nuestra capacidad de representarlo»). Lo espeluznante, en cambio, consiste en el problema de una acción inapropiada. «Lo espeluznante es fundamentalmente algo que tiene que ver con cuestiones de agencia», escribe Fisher; aparece a menudo descrito como los «paisajes parcialmente vaciados de cualquier acción humana», donde uno estaría tentado a preguntar: «¿Qué ha podido ocurrir para producir estas ruinas, o esta desaparición? ¿Qué tipo de entidad pudo verse implicada?… ¿Qué clase de agente está actuando aquí? Y ¿hay un agente al fin y al cabo?»

Fisher señala un caso particularmente agudo en los escenarios de ciencia-ficción que tienen que lidiar con el inexplicable vacío del espacio exterior, o con el implacable capitalismo terrestre: los impasses de lo espeluznante tienen lugar «cuando se contraponen modos incompatibles de inteligencia, cognición y comunicación». Cuando entramos en contacto con una entidad espeluznante del exterior, «“nosotros”, nosotros mismos somos apresados en los ritmos, las pulsiones y los patrones de fuerzas no-humanas». Porque lo raro y lo espeluznante describen a lo «nuevo» en su radicalidad (una intrusión del afuera alien); tanto si se trata de la acción de un agente espeluznante, o de algo en el entorno que está fuera de lugar, en ambos casos, estos indican inmediatamente la imposibilidad de conocimiento o explicación: «Cuando el conocimiento aparece, lo espeluznante desaparece.»[5]

De un modo parecido a la reprobación que hace Fisher de lo asombroso como forma de alienidad subordinada a lo familiar (como mera forma de situar a lo extraño dentro del amplio cuadro de lo familiar, o como una manera de neutralizar la novedad por anticipado…), Rebekah Sheldon dice: «Si lo asombroso constituye el aborrecible retorno de lo que ya sabíamos como si fuera nuevo (el trasfondo cuya represión permite el cercamiento de un interior doméstico), entonces [el afuera de] lo xeno es algo que tiene su propio orden.»[6]

Entonces, ¿qué significaría exactamente entrar en contacto con este «orden» que se encuentra fuera del orden? (allí donde reinan lo raro y lo espeluznante, donde los parámetros que estructuran la experiencia están abiertos a variaciones salvajes y violentas que eclipsan cualquier conocimiento y predicción, haciendo cada movimiento engañoso y cargándolo con la ambigüedad del deseo y el horror, o de la novedad y el destino). ¿Y si en ese orden moverse hacia adelante en el espacio no significara necesariamente moverse hacia adelante en el tiempo? ¿Y si en ese orden «adelante» y «atrás» perdieran por completo su significado? ¿Cómo sería conectar con un espacio-tiempo (un ritmo alien) que no sigue ningún patrón humano reconocible y cuyo agente permanece opaco? ¿Quiénes serían las perversas criaturas que desearían tal cosa?

Si frecuentas determinados sitios en internet, es posible que hayas sido animado para etiquetarte en un espectro del deseo alien que tiene más o menos esta pinta:

Alien Spectrum

Este gráfico, cortesía de 4Chan, es interesante por muchas razones. En primer lugar, representa la alienidad en un espectro que va de la morfología tradicional humanoide a la incontrolable monstruosidad de los «horrores multidimensionales de otro mundo» en siete fases sucesivas. Segundo, concibe este deseo alien de una manera sexual (una sugerencia que se hace gráficamente insostenible para los criterios humanos a medida que la monstruosidad aumenta). Y tercero, en este se verifica un nítido (casi órfico) umbral que, una vez cruzado, no ofrece muchas posibilidades de retorno.

En tanto el hipotético objeto de deseo modula a través del espectro desde humanos hasta «no-humanoides inusuales», se relaciona con ciertas intensidades de xenofilia que corresponden a una gama de semejanzas y diferencias. Aquellos para los que nada que no sea remotamente humano les resulta apetecible (quizá con un toque de piel verde limo) son designados como normies, en la franja todavía dimórfica llamada «fan de chica monstruo» (o también podría ser «fan de chico monstruo»; esta parece ser la «versión femenina» del gráfico, según se advierte en la esquina inferior izquierda). Después hay una transición clara hacia el típico imaginario alien que incluye Grises y Pequeños Hombres Verdes, antes de adentrarse en el siguiente límite enfáticamente marcado allí donde el rostro humano empieza a perder sus rasgos: un deseo por los Humanoides Teratomórficos, ominosamente clasificados como «sin posibilidad de vuelta atrás». Como los alien-lovers de mente abierta tienen una afición por las formas cada vez más anómalas, la línea se desplaza hacia los Humanoides Fronterizos en los cuales va concretándose un antropomorfismo en retirada, por ejemplo en la borradura de los órganos sexuales o la aparición de variados apéndices no humanos. Luego están los No-Humanoides Convencionales, donde ya nos encontramos en una completa quimerización de partes insectoides, vegetales o maquínicas. En el extremo más distante de la extrañeza encontramos el reino de los No-Humanoides Inusuales, dimensionalmente anómalos, de «forma indefinible», un estado de rara plasticidad liminal en la que se hace difícil «distinguir dónde empieza y termina el cuerpo». El sujeto correspondiente a esta categoría es el Verdadero Xenófilo, aquel que se caracteriza por desear aquello que excede la misma forma.

Un chiste bastante ambiguo posteado en uno de los hilos decía:

«¿Por qué las chicas-monstruo son mejores que las mujeres de verdad?»

(Porque el monstruo está en el afuera).

Aquí el xeno campa a sus anchas. Estrictamente hablando, el xeno-morph[ē] es algo que está fuera de la forma. Este tipo de aliens están en el extremo más alejado del espectro (un espectro cuya lógica sigue un explícito orden antropomórfico), dado que hacen colapsar este orden completamente. No hay una octava clasificación: la forma, una vez pasado este punto, es irrelevante. El deseo alien se extingue cuando la «forma» se ha disuelto en las condiciones de la forma: las leyes del espacio y el tiempo. Estos xenomorfos extremos, típicamente outsiders, encapsulan algo cercano a lo que el autor de ficción weird H.P. Lovecraft esbozaba cuando escribía sobre los deseos de sus personajes: «Deshacerse de las irritantes y agotadoras limitaciones del tiempo, el espacio y las leyes naturales; estar conectado con el vasto afuera.»[7]

Lo que quiero sugerir aquí, partiendo de las ideas de Fisher y Sheldon acerca del afuera como algo situado más allá del ritmo característicamente humano con su temporalidad lineal y sus tres dimensiones simultáneas, hasta llegar a este espectro del deseo alien, es que el verdadero alien, el más extremo y productivo confín mutante de la diferencia alienante, es el alien entendido como espacio-tiempo: un ritmo, una cartografía temporal, un beat espeluznante que opera de manera completamente otra según nuestra estandarizada «percepción, cognición y experiencia», que de manera espontánea estructuraba la realidad para nosotros los humanos. Un Verdadero Xenófilo es un amante del ritmo alien.

[continuará]

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Notas 

[0] Mark Fisher, The Weird and the Eerie, Londres, Repeater Books, 2016, p. 8 (traducido al español como Lo raro y lo espeluznante, Barcelona, Alpha Decay, 2018, traducción de Núria Molines).

[1] Rebekah Sheldon, «XENO», The Occulture, junio-2017: <http://www.theocculture.net/xeno/>

[2] Mark Fisher, Op. cit., p. 8.

[3] Sigmund Freud, Más allá del principio del placer; Fisher, Op. cit., p. 13.

[4] Ibíd., p. 10.

[5] Ibíd., pp. 9, 10, 61, 11, 110, 115, 11, 62.

[6] Rebekah Sheldon, Op. cit.: <http://www.theocculture.net/xeno/>

[7] H.P. Lovecraft, El que susurra en la oscuridad.

Texto original: ©  Amy Ireland 2019. Reproducido por cortesía de Amy Ireland.

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¡PRÓXIMAMENTE EN XENOMÓRFICA!

(la magazine de Holobionte)

 

 

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