pensamiento póstumo, pensamiento posthumano

EDITORIAL

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Abril, 2022. Un pensamiento póstumo es aquel que ha claudicado ante la idea de una renovación del tiempo. Aquel que cede a las negruras del genocidio, las matanzas y la desesperación. Un pensamiento póstumo es lo que pasa por la mente de un piloto de caza en el momento de soltar (en un sentido muy literal) su cabeza nuclear. El ordenador central humano (nuestro «Big Daddy Mainframe», como dirían las VNS Matrix) es un simulador de vuelo-seguro y persiste amurallado tras un loop de retroalimentación cerrado: todo lo que vuelve a nosotros, en ese bucle pernicioso, ha pasado antes por el xenocidio de los afectos (el viaje por el Hades de nuestros héroes desaprensivos y maníacos).


Un pensamiento posthumano, por el contrario, sería aquel que mediante una violenta rauptura consigue abrir un paso para los xenotipos. Su modus operandi es semejante al de los radicales libres, o al de las partículas fotónicas que se mueven en un espacio y un tiempo vertiginoso, fuera de toda correlatitud geohistórica. Se trata de un cambio de eje que exige de nosotros que abandonemos las viejas estrategias: las correlaciones que subsumían a lo foráneo dentro de lo familiar, lo extraño dentro de lo particular, lo desconocido dentro de lo conocido (sometiendo lo primero a lo segundo). 300.000 años de homo «sapiens» han hundido tan profundamente el circuito antropogénico en nuestro citoplasma celular que el más ligero desliz es percibido como un fallo masivo en el sistema: una brecha en el curso natural de reproducción adánica.


Pero desencantar y d e s c e n t r a r lo humano no equivale al fin de los humanos, más bien al contrario. El circuito de autoproducción xenomórfica (en oposición a antropomórfica) y xenofílica (en oposición a xenofóbica) constituye un desplazamiento de la centralidad hacia un ecosistema alien que, lejos de anular los logros del arte y la ciencia, los traslada o amplía a otros territorios que tradicionalmente habían sido sancionados y en consecuencia privados de entidad propia. La/s interzona/s de lo no humano son una vía para la construcción de sentidos allí donde estos parecían haberse agotado (ideas tan desgastadas como «humanidad», «familia» o «solidaridad», por ejemplo, experimentan un nada despreciable ensanchamiento cuando son integradas a marcos especulativos que no sean exclusivamente filogenéticos ni estrictamente parentales). Lo posible cede paso a lo imposible, y las Formas platónicas hacen sitio para recibir entre bailes y convulsiones a los Biomorfos de los que habla David Roden.


Una lectura psicoactiva semejante a la de un relato weird es lo que el lector encontrará en los últimos ensayos de Xenomórfica On-line. Artículos que orbitan entre la realidad y la teoría-ficción de una obra de arte radiactiva (Germán Sierra); el intrincado maridaje entre filosofía, erotismo, arte y abstracción (Katrina Burch y Daniela Bershan); la prodigiosa genealogía contracultural de la cibercultura y el aceleracionismo (Edmund Berger); el «posthumanismo especulativo» en las obras de Hans Bellmer, J.G. Ballard y Gary Shipley (David Roden), y una extensa reseña sobre el cine digital y ochentero del realizador japonés Ikko Ono, precursor del Vaporwave (Dechlan Cochran).