sin satisfacción, sin diversión, sin futuro: pensando a través del black metal (parte 1)

por jason wallin y vivek venkatesh

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«El dilema que tenemos por delante es severo: o bien un poscapitalismo globalizado, o bien una lenta fragmentación hacia el primitivismo, la crisis perpetua y el colapso ecológico planetario.»

—Alex Williams y Nick Srnicek

Aunque ya se ha sugerido que el potencial especulativo del black metal es un aspecto relativamente poco analizado (es decir, que no hemos profundizado lo suficiente en la cuestión de lo que el black metal podría revelar para una sociedad posthumana),[1] en este artículo queremos proponer que dicha especulación es crucial para comprender tanto el aspecto político como el potencial enunciativo de la forma artística del black metal. El análisis de la orientación especulativa del black metal hacia el futuro podría ayudar a revelar cómo las producciones artísticas de este género articulan futuridades políticas, sociales y ecológicas específicas y únicas. Por ejemplo, y como veremos aquí, la potencia especulativa en el black metal parece coincidir con ciertas actitudes vinculadas al aceleracionismo filosófico, con su propuesta de que el orden de vida actual o «dado» (bajo las condiciones del neoliberalismo de estado) podría estar constriñendo nuestra capacidad para imaginar futuros que ya no se limiten a imitar cómo se supone que debe ser la vida. Y, en efecto, ciertos aspectos del pensamiento aceleracionista sugieren que la transformación sociopolítica está necesariamente ligada a la movilización de recursos y actitudes capaces de alterar las condiciones actuales de opresión y banalidad, en la medida en que estas obstaculizan el surgimiento de nuevos realismos alternativos o copresentes.

Como bien saben los fans del black metal de la segunda ola, esta es una forma artística que históricamente ha buscado aprovechar los esoterismos de la vida social, activando los horrores impensados y abyectos de la melancolía, el suicidio, la muerte o el aislamiento —contemporáneos de los supuestos «afectos felices» de la cultura consumista—. Paralelamente, el aceleracionismo utiliza el concepto de «desterritorialización» de Deleuze y Guattari como un vector revolucionario que «rompe» con su fidelidad a los órdenes de organización sociopolítica, económica y ecológica. Para nuestro análisis queremos articular la alianza del aceleracionismo con el black metal, y pensar estos dos movimientos conjuntamente, en particular porque el black metal ha sido sobresaliente en su utilización de la negación y la oposición para mostrar un mundo que no tiene nada que ver con su concepción ortodoxa. El black metal parece aliarse con el pensamiento futurista del aceleracionismo, en tanto ambos ejercen una forma de desterritorialiozación para decir «NO» al mundo «tal como es». Asimismo, el black metal parecería actuar como un punto de apoyo para el avance de futuros alejados del orden civilizatorio actual y de los patrones del ser social que dicho orden presupone. A lo largo de este artículo, nos referiremos a la transpiración de dicha negatividad en el black metal como lo «oculto»,[2] donde este «oculto» implica la articulación de mundos alejados de la imagen de la realidad tal como es «dada» a los sentidos, y antitéticos a las costumbres imperantes sobre cómo la vida sigue un camino específico. A través de una «desterritorialización» —o el impulso de romper con una imagen preconstituida de cómo debería ser la vida—, el black metal contraviene el fanatismo contemporáneo por el liberalismo burgués, la ortodoxia religiosa y la monocultura capitalista, promoviendo imágenes antagónicas del futuro donde dichas instituciones sufren la profanación, la ruina y la obsolescencia. Entonces, nos proponemos pensar el aceleracionismo y el black metal conjuntamente para dilucidar cómo el segundo imagina futuros distintos y ocultos del presente; y para comprender mejor cómo el deseo se orienta política y ecológicamente dentro del black metal noruego de la segunda ola. De importancia esencial es la resistencia del black metal a los «afectos felices», su desafío a la imbricación del cuerpo en el orden socioeconómico y su crítica al pensamiento identitario humano. A través de estos aspectos de resistencia, el black metal desarticula el presente y crea condiciones para pensar el futuro aunque por ello contravenga las presunciones de supremacía, preservación y dominio humanos. Así pues, la fuerza conceptual y cuasi teórica del black metal se revela como un punto de paso artístico que apunta a un mundo alien de transformación inhumana y cambio civilizatorio.  

Esta labor de reimaginación de mundos posibles nacidos de la destrucción armoniza con los postulados del aceleracionismo que concebían el futuro (si es que ha de haber uno) mediante una intensificación de las fuerzas y los afectos transformadores. Mientras que el denominado aceleracionismo «de izquierdas» imagina que el futuro nace de la amplificación y la proliferación del alcance tecnológico, el black metal de segunda ola estaría más emparentado con los desarrollos del aceleracionismo landiano por su convicción en el fin del mundo «dado» y, por extensión, el fin del sujeto que este orden civilizatorio presupone.

Esta predisposición a la obliteración es evidente no sólo en la dramatización de la muerte subjetiva, representada en el corpse-paint de los músicos de black metal, sino también en la furiosa intensificación del sonido crudo, que abre al oyente a una experiencia sensorial nueva e inconcebible para las formas de arte popular basadas en la estética virtuosa. Porque, bajo el velo afirmativo que marca el estándar afectivo del capitalismo, el black metal secreta un persistente impulso negativo simbolizado en el mantra de Jean-Françoise Lyotard: «Sin satisfacción, sin diversión, sin futuro».[3]

De ahí que el black metal sea pensable como una forma de aceleración, en tanto moviliza desde el mundo oculto las condiciones para revertir el presente, en línea con el surgimiento de horribles realidades climatológicas y biológicas que se alejan de los futuros humanos promovidos por el idealismo, como por ejemplo el progreso interminable de la civilización que se presenta en el capitalismo avanzado. Así, el black metal aparece como una desnaturalización o desterritorialización de la antigua idea de que estamos destinados a un mundo superior —en vez de uno «mucho, mucho más inferior»—.[4] No es que exista un tiempo «después del hombre» en el black metal, sino un tiempo potencialmente desligado de las actividades, los intereses y los deseos contemporáneos del hombre. Esta imagen de un mundo retraído, y sin embargo copresente en el momento contemporáneo, está estrechamente vinculada con las visiones del black metal sobre una aterradora transformación civilizacional y subjetiva. Pues el territorio secreto del black metal no es sólo la contrarrealización de un planeta que se concibe como mero reflejo del hombre, sino un esfuerzo por conceptualizar un nomadismo bárbaro cuyos flujos ya no se ven arrastrados a los circuitos neuróticos del sujeto capitalista ni a las ambivalencias de la posmodernidad.[5] Los rostros cadavéricos y los cuerpos lacerados del black metal sugieren la esquizodilatación de los flujos libidinales del cuerpo, esparcidos por los laberínticos vectores de un mundo fragmentado y extraño. (…) Porque donde los circuitos mundiales contemporáneos aspiran a consolar y remediar, en el black metal se enfatiza el realismo de un mundo construido sobre la muerte y la destrucción. El black metal visualiza entonces una sensibilidad ecológica hacia todos esos aspectos perversos y repudiados que constituyen la «ecología oscura» inadvertida del planeta. Su clarividencia proviene de la especulación de que la vida tal como la conocemos se fundamenta tanto en su reversibilidad hacia la monstruosidad como en la profunda dependencia del capitalismo por las materias muertas (petróleo, minerales, materias primas, etc).[6] Allí donde las fuerzas aceleradoras del capitalismo aprovechan las profundidades de la materia fósil planetaria, el black metal apela al exceso irrecuperable de la muerte al invocar un mundo devastado y cataclísmico en el imaginario contemporáneo. Y, aunque pueda parecer romántico por su reiteración anarcoprimitivista de la naturaleza virgen, las fuerzas ctónicas que convoca el black metal superan dicho romanticismo mediante una visión desprovista de toda vida («un mal sin prestigio, una fatalidad sin brillo»).[7] En este sentido, interpretar el futuro arcaico del black metal como una mirada retrógrada implica ignorar su poder especulativo para dilucidar el surgimiento de una tierra ambientalmente devastada, enferma y fragmentada, desprovista de (y reacia a) toda búsqueda de esperanza, alegría o remedio. Es esta tierra agonizante la que el black metal rescata y acelera, alejándola de los «afectos felices» del capitalismo, dando expresión a una visión sombría, fatal y a menudo pasadofutura del mundo dado. 

 

Notas

 

[1] Cfr. Jason J. Wallin, Jeffrey S. Podoshen y Vivek Venkatesh, «Second wave true Norwegian black metal: An ideologically evil music scene?», Arts and the Market, 7:2, pp. 159-73, 2017; Vivek Venkatesh, Jeffrey S. Podoshen, Kathryn Urbaniak y Jason J. Wallin, «Eschewing community: Black metal», Journal of Community and Applied Social Psychology, 25, 2015, pp. 66-81.

 

[2] En inglés, occult, en su doble sentido de «oculto» y «ocultista». [N. del T.]

 

[3] El adagio de Lyotard es replicado por Euronymous, cuyas críticas a la escena death metal de Florida se resumen en el eslogan black metal: «Sin mosh, sin core, sin diversión, sin modas».

 

[4] Friedrich Nietzsche, Crepúsculo de los ídolos, Alianza, 1996.

 

[5] Nick Land, Fanged Noumena, Holobionte, 2019 y 2023.

 

[6] Timothy Morton, El pensamiento ecológico, Paidós, 2018.

 

[7] Emil Cioran, A Short History of Decay, Arcade, 2012.

  

La versión que aquí presentamos es una selección de fragmentos del texto «No satisfaction, no fun, no future: Futures thinking in black metal», escrito por Jason Wallin y Vivek Venkatesh, y originalmente publicado en Metal Music Studies, vol. 6, N. 2, 2020. 
 

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