Fragmentos de #Accelerate (parte 2)

por robin mackay y armen avanessian

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Imagen del cómic "Chronosis", de Reza Negarestani, Robin Mackay y Keith Tilford (Urbanomic, 2021)

Cuando Mark Fisher (ex integrante del CCRU) volvió en 2012 a las cuestiones del aceleracionismo, la noción de un «aceleracionismo de izquierdas» parecía no tener sentido. Pero, como se preguntó Fisher, ¿quién quiere o realmente cree en un presunto retorno al pasado que sólo puede ser un artefacto del imaginario capitalista mismo? Y, como antes que él se preguntaron Sadie Plant y Nick Land: ¿A qué podríamos querer regresar? La intensificación de la integración sociotecnológica ha ido de la mano con una teología negativa basada en un exterior del capitalismo; y, como señala Fisher, la nostalgia escapista por un mundo precapitalista que empaña las protestas políticas también está arraigada en las simulaciones del pasado de la cultura popular. La distopía aceleracionista de Terminator ha sido reemplazada por los anhelos primitivos de Avatar, y por eso Fisher afirmó en una famosa conferencia que, en la medida en que buscamos salir del empobrecimiento del realismo capitalista, «todos somos aceleracionistas»;[1] y aun así, proseguía Fisher desafiante, «el aceleracionismo nunca sucedió»[2] como una fuerza política real. Porque, en la medida en que no caigamos en una serie de posiciones francamente inconsistentes e imposibles, debemos ser por supuesto todos aceleracionistas, y esta herejía debe formar parte de cualquier estrategia anticapitalista.

Un aceleracionismo renovado, entonces, tendría que superar el hecho de que el capitalismo energúmeno vislumbrado por Lyotard y compañía finalmente produjo lo que Fisher llamaba «realismo capitalista»; y que, si a estas alturas se mantuviera la táctica aceleracionista al estilo del CCRU, esto implicaría la constatación del realismo capitalista mismo, contra la idea propia del miserabilismo de que el capitalismo es en esencia algo intercambiable (¿Comparado con qué? Y después de todo: ¿Cuál es la alternativa?), así como una retractación de aquellas promesas de jouissance de las «alienaciones inconcebibles» —ahora convertidas en demandas narcisistas sin cabida en un proceso inhumano (¿No es ya suficiente con que estés trabajando para el Terminator? ¿Ahora además quieres disfrutarlo?). Un dilema que abre un debate más amplio sobre la relación entre el disfrute estético y el empuje teórico del primer aceleracionismo.

El Manifiesto por una política aceleracionista de Williams y Srnicek puede entenderse como un intento de honrar el deseo de Fisher de una posición aceleracionista de izquier- das. Como una provocación al analfabetismo tecnológico a me- nudo endémico de la izquierda contemporánea, Srnicek y Williams insistían en la necesidad de un mapeo cognitivo preciso, y por tanto una aceleración epistémica, para cualquier teoría y acción política progresista de hoy. Con plena confianza en que las alter- nativas son pensables, nos re- cuerdan que el capitalismo neoliberal no sólo es fraudulento e injusto, sino que ya no es garante de dinamismo y progreso.

Concebido como un primer esbozo para un proyecto teórico y político más largo, el MPA adquirió notoriedad inmediata (fue traducido a numerosos idiomas a los pocos meses de aparecer on-line), pero también fue criticado por no ofrecer soluciones más allá de tres demandas generales: la creación de una nueva infraestructura intelectual, una reforma de los medios de comunicación de gran alcance, y la reconstitución de nuevas formas de poder de clase. Siguiendo el ejemplo de Marx (según ellos, un «pensador aceleracionista ejemplar»), Williams y Srnicek proponían superar la desconfianza hacia la tecnología propia de la izquierda en las últimas décadas. Y, estrechamente relacionados con el ala racionalista de la filosofía especulativa actual, adoptaron el término «psicología folk» en su polémica contra las políticas tradicionalistas, oponiéndose de plano a una política basada en categorías heredadas, por muy intuitivas que estas parezcan, y ofreciendo a cambio una política aceleracionista sobre la base de «una modernidad de abstracción, complejidad, globalidad y tecnología». (…)

En contra de estas nuevas tendencias, Nick Land argumenta en «Teleoplexia» (2014) que la práctica prospectiva de la capitalización es lo único que produce la dinámica futura de la aceleración; en contra de Williams y Srnicek —para quienes «el capitalismo no puede identificarse como el agente de la verdadera aceleración»— y en contra de Negarestani —para quien el espacio de las razones es la fuente futura a partir de la cual se ensambla la inteligencia—, Land sugiere que la compleja retroalimentación positiva tal como se encuentra, por ejemplo, en los mecanismos de fijación de precios del mercado, es el único referente posible para la aceleración. Y dado que sólo la capitalización ha dado lugar al futuro, la pregunta de qué queremos (es decir, la idea misma de un aceleracionismo condicional y la afirmación concomitante de que «la planificación es necesaria», en la que coinciden el MPA y Antonio Negri) simplemente carecería de sentido. El aceleracionismo «de derechas» de Land aparecía aquí como la imagen invertida del repliegue comunitario ante la subsunción real, admitiendo, al igual que aquel, que la convergencia histórica de la tecnología con el capitalismo excluye cualquier papel en un futuro poscapitalista. Sin embargo, el enfoque de Land va más allá y sugiere que «puede haber una revolución que no sea para lo humano» (Camatte), y sitúa la disyuntiva de posicionarnos a favor de una imagen heredada de lo humano contra la historia universal del capitalismo o bien aceptar que «los medios de producción llevan a cabo una revolución por sí solos».[3] Esta reaparición del aceleracionismo landiano, con Land aún cumpliendo su papel como «el tipo de antagonista que la izquierda necesita» (Fisher), devolvía a los nuevos aceleracionismos la responsabilidad de preguntarse si: entre un receta para la desesperación y una crítica excitable que a lo sumo contribuye infinitesimalmente a la creciente autoconciencia de Skynet, ¿aún puede quedar espacio para la acción? (…)     

Reza Negarestani abordó un tipo de dicotomía relacionada, y que estaría detrás del derrotismo político contemporáneo: la elección entre equiparar la racionalidad con una noción desacreditada y maligna de dominio absoluto, o abandonar todo reclamo por el estatus especial de la sapiencia y la racionalidad humanas. En dicha dicotomía, cualquier posible plataforma para reclamaciones políticas quedaba anulada. Por eso, más que una abdicación de la política, para Negarestani el aceleracionismo debe entenderse precisamente como la posibilitación de la política mediante el rechazo de una elección falsa. En «La labor de lo inhumano», Negarestani expuso un argumento preciso para contrarrestar la tendencia general a identificar la superación del antropomorfismo y la arrogancia humana mediante una negación del estatus especial de lo humano y de las capacidades de la razón.

 

El dilema de una política después de la muerte de Dios y frente a la subsunción real (así como la tentación de destruir la subjetividad dejando lo humano como un mero embrión cibernético, o de aferrarse a prescripciones políticas obsoletas basadas en modelos no menos obsoletos de agencia) es despojado por Negarestani hasta su núcleo epistémico y funcional. Y, basándose en el funcionalismo normativo de Wilfrid Sellars y Robert Brandom, Negarestani critica el antihumanismo del primer aceleracionismo como una reacción exagerada, no menos nihilista e impotente que los intentos por proporcionar una definición sustancial de lo humano. En su lugar, Negarestani propone un «inhumanismo» que surge una vez planteada correctamente la cuestión de qué significa ser humano, es decir, «en el contexto de sus usos y prácticas».

Reza Negarestani, en "Abducting the Outside: Modernity and the Culture of Acceleration", Nueva York, 2012

Lo específico del ser humano es su manera de usar mecanismos simbólicos y sociotecnológicos para la construcción de normas y su revisión. La tarea de explorar lo que «nosotros» somos es, por tanto, un trabajo continuo cuyos ciclos iterativos de concepto y acción producen resultados «no monótonos». En este sentido, comprender y comprometerse con lo humano es sinónimo de revisar y construir continuamente lo humano. Lejos de implicar un impulso voluntarista hacia la «libertad», esta labor implica la navegación por un campo restrictivo de compromisos colaterales y ramificaciones, a través de los cuales el ser humano responde a las exigencias de una agencia (o razón) que no tiene ningún interés en preservar la autoimagen inicial del ser humano, pero cuyas ramificaciones imprevisibles se despliegan a través de lo humano; «un futuro que escribe su propio pasado», en la medida en que uno ve los compromisos del presente desde la perspectiva de sus ramificaciones futuras, produciendo cada vez una nueva comprensión de las acciones pasadas.


En otras palabras, dado que el ser humano no puede «acelerar» dentro de las restricciones de su imagen heredada, al rechazar simplemente la razón estaría abdicando por completo de la posibilidad de revisar esa imagen. Para Negarestani, la aceleración comparece cuando (y en la medida en que) el ser humano afirma repetidamente su compromiso de ser pilotado impersonalmente, ya no por el capitalismo, sino por un proyecto que exige que ceda el control a la revisión colectiva, y que lo arrastra hacia un futuro inhumano que demostraría haber sido «siempre» el sentido del ser humano. 

A falta de esta plataforma indispensable para el compromiso y la revisión, Negarestani insiste en que ninguna política, por estridentes que sean sus protestas y por severas que sean sus prescripciones, tiene el poder de llevar adelante un proyecto semejante. De hecho, es esta incapacidad para «hacer frente a las consecuencias de comprometerse con el contenido real de lo humano» lo que está, según él, en la raíz de las inercias políticas actuales. Entonces, y en contra de Land, Negarestani reubica la voluntad-infinita-sin-finalidad dentro de la razón, y no dentro del capitalismo, y repiensa el proceso de retroalimentación inhumano/futuro que dirige la historia humana no como una compulsión tanatrópica, sino como una participación social en el anastrofismo progresivo y auto-cultivador de la (in)humanidad.

Notas

 

[1] Mark Fisher, «Terminator contra Avatar: Notas sobre aceleracionismo», publicado en Cíborgs, zombis y quimeras: La cibercultura y las cibervanguardias, Holobionte, 2020.

  

[2] Ibíd.

 

[3] Nick Land, «Teleoplexia: Apuntes sobre aceleración», publicado en Teleoplexia. Ensayos sobre aceleracionismo y horror, Holobionte, 2021.  

  

La versión completa de este texto fue publicada como prólogo a la edición del libro #Accelerate: The Accelerationist Reader, Urbanomic, UK, 2014.  

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