sin satisfacción, sin diversión, sin futuro: pensando a través del black metal (parte 2)
por jason wallin y vivek venkatesh
La tierra salvaje recuperada por el ocultismo acelerado del black metal funciona no sólo como zona de contacto para repensar la vida en comunión con la naturaleza, sino como evocación de una tierra interior extraña y concebida en unión secreta con lo oculto. Dicha unión es explorada por el músico tasmano Sin Nanna de Striborg, cuyas composiciones materializan la fuerza cruda y virulenta de un «portal eterno de incomodidad» enterrado en lo salvaje.[1] Este es un rasgo significativo, pues allí donde el aceleracioniosmo lleva la vida contemporánea bajo el capitalismo a sus vertiginosas profundidades, el black metal sitúa en ella un «vitalismo» oscuro, disociado de los vectores ortodoxos del capitalismo dedicados a reterritorializar la vida en aras del beneficio y el capital abstracto. Alejado del mundo «dado» al hombre, el mundo inhóspito y oscuro del black metal se convierte en el punto de partida para la desilusión de la vida contemporánea. Donde hoy nos sentimos fatigados por la sobreabundancia de información y la profusión de conceptos académicos, el black metal nos permite trazar una física rudimentaria de fuerzas elementales y poderes terrenales centrífugos para repensar el surgimiento de nuevos futuros.[2]
Es en el contexto de este mundo implacable donde el black metal cultiva nuevos poderes de enunciación, pues, allí donde la «nueva sinceridad» del capitalismo regulaba los flujos libidinales mediante una recapitulación de los afectos felices, así como su inversión en el «yo» como el locus privilegiado del deseo consumista, el black metal pretende ensalzar las «ventajas de la debilidad» y la autotraición,[3] exponiendo el capitalismo a sus puntos de «crisis»[4] y asegurando el cumplimiento de su potencial autodestructivo. Tal debilidad o traición se manifiesta en parte a través de un alejamiento misantrópico del sentido común, y más específicamente de la organización libidinal del cuerpo bajo el capitalismo, donde el deseo es aprovechado continuamente para perpetuar al propio capitalismo. El alejamiento del black metal de la esfera política suele reflejarse en bosques remotos, crepúsculos y entornos oscuros que constituyen sus imaginarios lupino-roedores; y en línea con dicho alejamiento, el cuerpo es concebido de una manera desvinculada de las relaciones sociales y convicciones establecidas. Para compositores de black metal como el mencionado Sin Nanna, Xasthur o Leviathan, el retiro misantrópico resulta literalizado en una huida de la sociedad humana, reiterando un deseo de escape tal como se refleja en el documental fotográfico de Peter Beste, True Norwegian Black Metal (Beste y Kugelberg, 2008); un retiro casi siempre marcado por la presencia paradójica de los humanos en la sociedad ‒como se veía, por ejemplo, en la fotografía de Einar Selvik con su corpse-paint en una calle de Bergen, justo en el instante en que una mujer mayor pasa por su lado y lo mira fijamente, rompiendo el hechizo de su oscuridad sectaria de un plumazo‒. Pues este acto de retirada misantrópica postula una unión alternativa, ajena a la estructura y la composición de la vida social bajo el capitalismo. El black metal aprovecha este impulso de desterritorialización como una oportunidad para revertir la relación preconstituida del capitalismo con el antropocentrismo, o lo que es igual, la centralidad de la vida y la agencia humanas. Y lo característico de este desapego del black metal es su habilitación de zonas nómadas de contacto con la animalidad (véase el álbum de Ulver, The Madrigal of the Night: Eight Hymns to the Wolf in Man), con lo salvaje (A Blaze in the Northern Sky de Darkthrone) o con el horror abismal de la oscuridad (In the Nightside Eclipse de Emperor). Estas relaciones ocultas constituyen líneas de escape tanto de la sobredeterminación de la expresión según el sujeto felizmente neurótico del capitalismo, como de la «relación genética» del cuerpo orgánico con el trabajo afectivo del capitalismo posfordiano.[5] Traicionando al sujeto edípico por medio de la erradicación de los vínculos sociales normativos y las alianzas amables, el black metal crea nupcias afectivas con la monstruosidad de un «vitalismo oscuro» y no-humano que corrompe el dominio del afirmacionismo y el protagonismo. Es aquí donde el black metal prolifera una vil multitud de alianzas ocultas y ocultistas, incluyendo la multiplicidad de la jauría de lobos, la oscuridad laberíntica de la tierra subterránea, el horror indiferenciado y nebuloso de la oscuridad que subvierte las perspectivas demasiado humanas del sentido común y el buen gusto. En otras palabras, el sujeto retraído y misántropo del black metal funciona como una autotraición pero también como una traición a la especie, contra la cual la barbarie nómada del black metal se opone para sugerir el surgimiento de un nuevo pueblo.
La aceleración de este barbarismo oculto, nacida a su vez de la aceleración de fuerzas misántropas y negativas, rompe con la servidumbre social y el conformismo del populismo. Los cuerpos siniestros, armados y pintados de la segunda ola del black metal son directamente opuestos a los cuerpos serviles de las masas que asisten a las iglesias y los consumidores que pasean por los centros comerciales. Este black metal de posado no sólo buscaba aniquilar las condiciones de servidumbre mediante la destrucción de los amos, sino también (y más indicativo de su impulso acelerado) apuntar a la «enloquecida destrucción del cuerpo orgánico»[6] fomentado por los motores afectivos del capitalismo.
Allí donde «la historia es el producto de una raza [que mira hacia adelante] y prevalece»,[7] el black metal imagina un pueblo subterráneo, caracterizado por el miasma de su «ecología oscura» y la fauna abominable que allí habita. Porque, si bien el black metal desde sus inicios parece mirar atrás, su mirada es distinta de la renuncia virtuosa del Renacimiento y de la elevación trascendental de la mirada humana hacia el cielo. Y allí donde el capitalismo inocula una mirada similar de elevación más allá de la vida orgánica ordinaria, el black metal reconfigura la mirada hacia un pensamiento externo y ennegrecido, impermeable a la luz de la racionalidad o la fe programática en un futuro antropocéntrico. Ejemplificado en los ojos desvanecidos del corpse-paint, el black metal especula con una mirada que «en el mejor de los casos» no es alienada ni adolescentemente marginada, sino que potencialmente se sustrae de la metafísica humana que presuponía la supremacía antrópica.
Así como los órganos corporales son reconstruidos en el black metal como ojos y oídos malvados, también se transforma la lengua, mediante la creación de un lenguaje oculto y destinado a un mundo imperceptible. El lenguaje secreto invocado en el black metal es sin duda destacable por su desviación de la pura comunicación, en la cual el lenguaje está hecho para reflejar un mundo dado, o mejor dicho, donde el lenguaje está hecho para representar debidamente las dimensiones dadas del mundo. El escepticismo del black metal respecto a la función representativa del lenguaje se refiere no sólo a los sermones sacerdotales y los discursos publicitarios (véase por ejemplo Twilight of the Gods de Bathory), sino también al pensamiento filosófico académico. El lenguaje secreto que se moviliza en el black metal presagia un modo de creación antifilosófico que mantiene la fuerza del realismo mágico y la potencial emergencia de formaciones nomádicas, desincronizadas del sujeto práctico-inerte o altamente estructurado. Así, el black metal produce orgánicamente un referente inexistente al invocar mediante expresiones sigilosas un universo acelerado en devenir, como en Abzu de Absu; y, aprovechando el lenguaje del ocultismo, el black metal constituye una resistencia a la representación similar a la del devenir-hechicero de Deleuze y Guattari, entregando al mundo una multitud de recursos mitológicos e impulsos marginales que podrían hacer surgir nuevas condiciones para «escapar del hastío de lo comprensible», y para liberar al deseo de los mitemas dominantes del protestantismo y la edipización que dan forma a la vida sociopolítica contemporánea.[8] De hecho, la voz convocada en el black metal ya no es reconocible como parte del mundo dado, sino que se constituye como un sonido del afuera: un grito ctónico que es al mismo tiempo un burlesco grito de batalla, y, por supuesto, una aceleración de intensidades afectivas y ocultas que habían sido sublimadas bajo la institucionalización del instinto.
Si el black metal puede considerarse un proyecto aceleracionista, o un estilo de pensamiento inherente a las disposiciones del aceleracionismo, se trata también de un proyecto atravesado por el fracaso. El principal de sus fracasos es el deseo apocalíptico cataclísmico neofascista del black metal nacionalsocialista (NSBM), donde la aceleración de las fuerzas míticas y ocultas no apunta a la formación de nuevas prácticas políticas poscapitalistas, sino a ser un baluarte para el cultivo del dogma del supremacismo blanco, y, en otros lugares, para las intolerancias infantiloides de ciertos ideólogos hipermasculinos. En cualquier caso, el black metal sigue especulativamente ligado a la idea de un futuro caracterizado por una lenta fragmentación hacia el (anarco)primitivismo, la crisis perpetua y el colapso ecológico planetario.[9] Pero quizá todavía peor es el carácter desmoralizado del black metal contemporáneo, ahora absorbido por los circuitos del mercado, donde su pasión negativa se adapta a la perfección con una celebración indolente del individualismo y el inconformismo con tufo a neoliberalismo: alabar a Satán con una mano y (con una mueca) a Hot Topic con la otra. La banda sueca Watain, por ejemplo, no se ha librado de las críticas por ser percibida como demasiado comercial tras haber aumentado las ventas de discos y el lanzamiento de ediciones limitadas a precios exorbitados. Asimismo, los miembros de la escena black metal ridiculizan a Watain por sus elaboradas alusiones a una distopía hiperrealista en la escenografía de sus conciertos, y tachan de pretencioso al líder de la banda Erik Danielsson cuando se niega a explicar la filosofía de Watain, aduciendo que «los metaleros comunes y los miembros de la escena no pueden comprender la profundidad de Watain».[10] Todo esto, sin duda, no constituye una crítica inequívoca al black metal tal como lo practica Watain, pues su forma artística sigue ofreciendo recursos no filosóficos para la acelerada decadencia del estancamiento y la obsolescencia civilizatorias. En muchas formaciones el black metal sigue siendo un aliado del hermetismo y la experimentación ocultista, y sigue manteniendo su anhelo por la especulación de un futuro cataclísmico en contraposición a la futilidad y la fragmentación del reformismo de moda.[11] El black metal sigue siendo fascinante por su poder de (des)encantar el mundo y revelar su singularidad. Que dicho (des)encantamiento se movilice mediante la especulación, tan propia de este arte, sobre un mundo imperceptible pero inmanente, no es algo tan apolítico como los propios creadores de black metal podrían pensar. Porque en su visión oscura el black metal plantea extraños vectores para la producción de deseo que buscan traicionar la inscripción pasiva de la vida humana dentro del capitalismo, imaginando fuerzas inhumanas bajo cuya alianza la vida se podría transformar.[12] «Se trata de posiciones libidinales, ya sean sostenibles o no»,[13] escribió Lyotard. Por un lado el black metal se centra en el pasado, con sus estéticas predominantes derivadas de la declaración seminal de Tom G. Fischer en 1981, «sólo la muerte es real»,[14] junto a su música arraigada en un sonido crudo, inorgánico y áspero que rechaza la producción pulida que otras formas de metal extremo adoptaron durante la década de 1980. Pero por otro lado hay bandas que logran desprenderse del pesado manto de autenticidad del género para envolverse en innovaciones crípticas, con letras que hablan de las reacciones adversas contra el multiculturalismo en la sociedad noruega,[15] así como la inspiración en bandas de new wave de los años 80 como Joy Division y The Cure. Y, si bien el black metal ha sido a menudo caricaturizado como un absurdo vodevilesco por la teatralidad de sus interpretaciones, esto supone pasar por alto que a nivel mundial el black metal sigue funcionando como un punto de encuentro transversal para el resurgimiento de pasiones negativas y el cultivo de una barbarie nómada contra el ideal de vida burgués, la banalidad de la pasividad posmoderna y la omnipresencia de un capitalismo que se ha abatido sobre la totalidad de nuestro planeta.
Notas
[1] «Black metal’s unexplored fringes, one man metal, part 1», Vice Magazine-Noisey (YouTube), 02/10/2012.
[2] Cioran, Op. cit., p. 50.
[3] Mark Fisher, «Terminator contra Avatar: Notas sobre aceleracionismo», en Cíborgs, zombis y quimeras: La cibercultura y las cibervanguardias, F.F. Giordano, ed., Holobionte, 2020.
[4] Cfr. Bradley J. Nelson, Vivek Venkatesh y Jason, J. Wallin, «Necrophilic empathy: An urgent reading of Miguel de Cervantes’ La Numancia», Hispanic Issues On Line, 23, 2019, pp. 97-124; Mathias Nilges, «The anti-anti-Oedipus: Representing post-Fordist subjectivity», Mediations, 23:2, 2008, pp. 26-69.
[5] Cfr. Lars Bang Larsen, «Zombies of immaterial labor: The modern monster and the death of death», e-flux, 15, 2010; Nilges, Op. cit.
[6] Jean-François Lyotard, «Every political economy is libidinal», en Accelerate: The Accelerationist Reader, R. Mackay y A. Avanessian, eds., Urbanomic, 2014, pp. 211-21.
[7] Emil Cioran, The Trouble with Being Born, Arcade, 2012, p. 50.
[8] Cioran, A Short History of Decay, Op. cit.
[9] Alex Williams y Nick Srnicek, «Manifiesto por una política aceleracionista», en Aceleracionismo: Estrategias para una transición al poscapitalismo, Caja Negra, 2017.
[10] Tom Dare, «Eye of the beholder», Terrorizer Magazine, 239, 2013, pp. 19-22.
[11] Mackay y Avanessian, Op. cit., p. 13.
[12] En sus inicios, el black metal sentó las bases para pensar un posthumanismo sombrío, una línea de potencial que ha atraído mucha atención en los estudios académicos sobre el género. Cfr. Eugene Thacker, «Black Ininity; Or, Oil Discovers Humans», Leper Creativity, E. Keller, N. Masciandaro y E. Thacker (eds.), Punctum Books, 2012; Benjamin Noys, «“Remain true to the earth”: Remarks on the politics of black metal», en Hideous Gnosis: Black Metal Theory Symposium I, N. Masciandaro (ed.), CreateSpace, 2010, pp. 105-28.
[13] Lyotard, Op. cit., p. 214.
[14] Tom G. Fischer, Only Death Is Real: An Illustrated History of Hellhammer and Early Celtic Frost 1981-1985, Bazillion Points, 2010.
[15] El black metal cascadiano, oriundo de Canadá y Estados Unidos, sería un ejemplo de la nueva ola de black metal más comprometido con el medioambiente y las actitudes progresistas, con un estilo musical atmosférico y temas relativos a la naturaleza. [N. del T.]
La versión que aquí presentamos es una selección de fragmentos del texto «No satisfaction, no fun, no future: Futures thinking in black metal», escrito por Jason Wallin y Vivek Venkatesh, y originalmente publicado en Metal Music Studies, vol. 6, N. 2, 2020.
