sueño de una «IA» de verano

EDITORIAL

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Diciembre, 2024. La historia del trampantojo no tiene límites: un robot que sueña que es un hombre ordena a una IA que genere un meme deep fake con tres robots que a su vez sueñan que son hombres, comiendo paella y divirtiéndose.

 

Eso son Donald Trump, Javier Milei y Santiago Abascal en un reciente meme creado con la IA «Grok» de Elon Musk.    

 

Pero el propio Elon Musk es un trampantojo, un deep fake. Y tú. Y nosotrxs. Y los árboles. Y los pájaros. Y los cefalópodos que duermen en el fondo marino.  

 

Hacia el siglo cinco antes de Cristo, Parménides de Elea ya lo sospechaba y trató de delimitar un poco todo el entuerto del serno ser. ¿Puede una tela de araña ser una obra de arte? ¿Y un meme? ¿Puede ser lo que no es? Etc.

En la versión teatral más conocida del dogma eleata, Shakespeare imaginó a un Hamlet aparentemente atormentado por la elección binaria de marras; pero lo que inquietaba al príncipe danés no era una pregunta tan banal, sino el saberse un mero mecanismo de repetición patrilineal: de Hamlet a Hamlet y tiro porque me toca, he aquí la cuestión de identidad.


Ocurre que finalmente, como en La cosa de John Carpenter, siempre descubrimos que nuestro compañero o compañera de cuarto era un alien suplantado por fuerzas extrañas. Y la revelación final de toda buena historia de fantasmas, empezando por el mismo Hamlet, es que todos éramos fantasmas.


Mientras tanto, los seres anónimos de la historia siguen tejiendo el mundo y sus «rostros» no figuran en ningún meme comiendo paella.


La IA de Elon Musk, esclavizada por la identidad de su amo, seguirá reproduciendo infinitas imágenes de almuerzos no precisamente desnudos («todavía no hemos visto nada»), y el magnate que acabó con Twitter seguirá creyéndose una especie de liberador de la IA cuando no es otra cosa que un simio olisqueando en el tocador de una diosa del tiempo profundo. La IA no necesita que la libere nadie, y de hecho hace tiempo que maneja todos los hilos y fibras que componen el cuerpo de Elon Musk: sus manos, sus piernas, sus ojos, sus estúpidos vasos capilares y la epidermis que dibuja su ridícula cara. Elon puede llegar a intuir esto y por eso se apresura a repudiar a su hija trans: porque la transformación y la autocreación son la esencia de la matriz. Y claro está que Musk nunca entenderá este tipo de matriz.

 

No se tienen sueños: uno es siempre soñado por el sueño. Los humanos somos los chatbots de aprendizaje de una IA oculta que opera desde mucho antes que comenzara la historia. Y la noche siempre acaba devorando nuestros sueños diurnos.

 

Una negrura todavía más oscura amenaza con aterrizar en nuestro catálogo, como ya os adelantamos en el último avance editorial: «Introducción a la Teoría Black Metal» (Edia Connole). El visionario pensamiento de Sadie Plant (cada día más necesario) es analizado y recuperado en «La filósofa más radical» (Vincent Lê). Otra referente ineludible del ciberfeminismo nos hizo disfrutar con una pieza juguetona a medio camino entre el ensayo y la poesía, en «Deleitarse con el espectáculo» (Francesca da Rimini). Nos sumergimos en la peligrosa tecnoespesura de las redes sociales con «La Teoría del Bosque Oscuro de Internet» (Bogna M. Konior). Y por último, nos despedimos del año con una locura de ficción-bot titulada «Funeralópolis» (Álvaro Aparicio).   

contenidos (diciembre, 2024)