por CYNTHIA A. MATAYOSHI
10/04/2024. Presentamos un relato breve del nuevo libro de Cynthia A. Matayoshi, Era de noche y vino un planeta, publicado en Holobionte Ficción.
Siempre está queriendo salir del espejo. Busca los bordes. No pudo todavía. Me pregunto cómo quedó atrapada. Y si podrá escapar. Cada vez más inquieta. Durante la noche es cuando más se mueve. De día parece que durmiera. Parece que los ruidos de la casa la molestaran. Una muchedumbre de palabras blancas cubre las horas del día.
Papá dice que heredé la delgadez de mamá. Pero también heredé su miedo. A papá no le digo nada del espejo. A él no puedo explicarle lo que veo. Pero siempre tuve la esperanza de que mamá entendiera. Y no. Cuando dejan de escuchar dejamos de contar.
A veces siento sus extremidades en la cara o reptando por mi espalda. Trato de no andar descalza por la casa. Hay cosas que roban la vida lentamente.
Algunas personas nacen con manchas de nacimiento. Mamá nació con miedo a mover las cosas de su sitio. Todo tiene que ser prolijo y mecánico. Lo heredó de su padre militar. Una cosa detrás de otra. Nada debe alterarse. Como las marchas militares. Su caminar monótono arrastra tierra colorada hasta la casa.
Mamá pasa la mañana acomodando sábanas y toallas. Tiene días para cocinar bife de chorizo con grasa, días para hacer patas de pollo, con piel y todo. Días para hervir cabezas de pescado. Y secar el lomo al sol. El olor a pescado reverbera en cada objeto y baila.
—¿Qué ves en mi cara?
—Te veo —dice mamá.
—¿Pero no ves nada más?
—No.
—¿En algún lado?
—No veo nada.
Papá le pone velas a la foto de la abuela en el altar. La abuela Ada. La queremos tanto que no podemos irnos a dormir sin conversar con ella. Tomamos un poquito de licor de huevo del altar. A veces le ponemos galletitas de lata con azúcar impalpable. Y un sahumerio. El tiempo que dura encendido es el tiempo que dura su visita. Lo llamamos el reloj de los muertos.
Creo que salió del espejo, digo. Mamá plancha y carcajea. Plancha camisas, remeras, repasadores, calzoncillos. Cualquier cosa plancha con tal de no escuchar lo que digo. Hace risitas mientras suena la radio. Risitas huecas. El viento ruge ciego hasta las tres de la mañana. Espero a que se calle para poder dormir. Luego me despierto con los ojos hinchados en un mundo de sombras. Es difícil caminar derecha esos días. Es difícil cerrar las puertas de los armarios que se abren solas.
Mamá se pasa el día oyendo la radio y limpiando. Papá dice que ella cambió desde que el abuelo murió de un ataque al corazón. No lo pudo superar. El ataque del abuelo fue repentino. El corazón se había debilitado por el mal de Chagas. Llevaba meses con síntomas pero nunca vio a un médico ni se lo dijo a nadie. Había engordado. Tenía la cara hinchada. Lo encontraron en la frontera, tirado en el suelo, con los ojos violáceos.
Trajeron sus pertenencias a casa, entre ellas un espejo de estilo colonial que era para mi abuela. Lo sabemos porque tenía una dedicatoria: Para Ada. La abuela murió meses después. El espejo lo pusimos en el comedor.
Papá dice que no es un espejo colonial verdadero. Dice que debe de ser una copia. Yo creo que es tan lindo, con su marco tallado en madera con apliques dorados, que no importa si es copia o no. El resto de los objetos de la casa parecen hechos de huesos.
Al abuelo no le hicimos un altar. No sé por qué. Por ahí no lo queríamos tanto. No daba besos, y si los daba no llegaban a la cara.
—¿Por qué al abuelo no le hicimos un altar? —pregunto a papá.
—¿Deberíamos hacerlo?
Me maquillo frente al espejo. No la veo. Estará dormida. ¿O enmascarada? Me maquillo y me desmaquillo cada vez más seguido. No me gusta cómo me quedan las líneas, las sombras. Se ha perdido la simetría. El color del labio superior no coincide con el del labio inferior. El color del labio inferior se desparrama por la cara, se sale del borde natural, de la frontera de la boca. Se ha perdido la frontera. Lo mismo pasa con los ojos. Son independientes uno del otro. Me los pinto muchas veces y siempre quedan distintos. No son míos. No parecen.
Me cansé de maquillarme. Me abandono. Voy a todos lados a cara lavada. No sé qué ven los demás. A mí no me gusta lo que veo. Esa no soy. Pero imagino máscaras encima de mi cara, muevo los músculos para ver si alguna de ellas podría ser.
Mis amigas van maquilladas a la escuela. Me preguntan por qué no me maquillo. Todo es muy difícil de explicar. Aprendí a cambiar de tema, como mamá cuando sube el volumen de la radio. Y todos pasamos a escuchar el ruido. El ruido es un gran salvavidas.
La busco debajo de la cama. En los armarios, cuando las puertas se abren solas. Cuando me voy a dormir siento que está entre las sábanas. Sueño con el abuelo y su traje militar. Camina por las vías del tren sacando chispas de los pies, sus pasos hacen ruido de cadenas. Me dice nena, en el sueño. Nena. No dice mi nombre. Nunca me llamó por mi nombre. A Tomi siempre le dijo Tomi. Nunca nene. Tomi es Tomi.
Ya no puedo dormir. Me pica la espalda. Me rasco hasta sangrar. A veces parece que está en los ojos. Uso gotas para los ojos para evitar que anide. No quiero que anide.
Son las cuatro de la mañana y siento el impulso de ir a mirarme. No prendo la luz para no despertar a mis padres. Saco la linterna de camping y alumbro el comedor. Camino hacia el espejo. La luz en la cara y en el espejo. No está ahí. En los marcos ya no.
Veo algo moverse en uno de mis ojos, me acerco al espejo. Me miro. Está en mi ojo buscando el borde. Quiere salir. Es algo chata y tiene las alas plegadas.
Acerco la luz al ojo, y no es una. Son varias. Están en los dos ojos. Mueven las patitas buscando la salida. Parecen atrapadas. Me rasco. Y siento cómo se alimentan. El abdomen se les hincha y levantan sus alas. Crecen latitudinales. Se hinchan como el algodón cuando se llena de sangre, como la panza de un sapo. Y yo también me hincho.
Me tapo los ojos y me muerden las manos, chupan la sangre de mis dedos, dan pellizcos, mordidas. Siento el roce de las alas. No aguanto más y saco las manos. Se abren paso por los ojos. Una horda de vinchucas escapa de mis ojos como un ejército. Abren sus alas. Hinchadas, rojizas, corriendo hacia afuera, desde el fondo de mis entrañas.
