cine, libros y body-horror: entrevista a
gary j. shipley
POR REBECCA GRANSDEN
«Leer a Shipley es como navegar por una chatarrería fluvial divina e infinita, como comprender de manera cada vez más concreta y literal que la vida es un sueño cadavérico del que no se despierta, como avanzar por una corriente opiácea de imaginación mortífera hacia algún océano invisible que nunca llega, como una conspiración gnóstica en la que ciertos autores favoritos (quizá Baudelaire, Lovecraft, Lautréamont, McCarthy, Rimbaud) serían nuestros indigentes compañeros informantes. La lectura de Shipley nos coloca en la aterradora posición (traumática, pero a la vez indeciblemente esperanzadora) de ser los testigos diurnos del gran crimen cósmico… Tratar de “analizarlo” sería un error, una violencia al caleidoscopio de verdades que se hacen prismáticamente evidentes con cada vuelta de página… No hay fin a los interrogantes que su obra despierta, al shock continuamente renovado de querer saber “de qué va todo esto”.»
Nicola Masciandaro
«Gary Shipley es un chamán moderno cuyos viajes en trance se adentran en una Bardol infernal. Un reino donde lo real atraviesa la fantasía, y donde los esquizoflujos vagan por el tiempo sideral trayéndonos las revelaciones de los capítulos finales de la civilización, los cantos de cisne de una humanidad eclipsada que da paso a una progenie monstruosa. Su obra amplía los límites de la expresión humana y de lo que puede asimilarse en términos de patrones literarios socialmente aceptados.»
Zoran Rosko / Vacuum Player
La siguiente entrevista de Rebecca Gransden fue publicada el 19 de octubre de 2021 en la revista digital X-R-A-Y, con el título «Gary J. Shipley on film with Rebecca Gransden».
Rebecca Gransden: Tu trabajo explora la extremidad. La extremidad de la violencia, sí, pero también la extremidad conceptual y en el uso del lenguaje, la extremidad de las ideas. Por costumbre no suelo preguntar sobre influencias directas, por parecerme un método reduccionista, pero aun así es posible ver tendencias entre los artistas. Para algunos, la influencia es una cuestión de atracción hacia obras que reflejan o están emparentadas con su trabajo, y para otros la influencia existe como un bucle de retroalimentación energizante. Teniendo esto en cuenta, ¿cómo ves la extremidad en el cine y, por extensión, cuál es su relación o influencia con lo que escribes?
Gary J. Shipley: Sí, la «extremidad conceptual» y la «extremidad en el lenguaje» son muy importantes para mí. La violencia en mis narraciones es a menudo un medio para reforzar, investigar o explicar lo que en realidad es un problema conceptual o lingüístico. En Los inamovibles, por ejemplo, el horror corporal siempre va de la mano con lo más abstracto, como una manera de establecer y sostener la existencia paradójica de la esposa inamovible. Y con lo extremo en el cine, supongo que invariablemente busco siempre ese mismo equilibrio. A menudo, cuando las películas se describen como extremas, esa no es mi experiencia. Quiero decir, ¿quiénes son esas personas tan propensas a escandalizarse e indignarse? Nekromantik se convierte en El mago de Oz, en El guante de oro, en Sir Henry at Rawlinson End, en Angst, en My Dinner With Andre, en The Poughkeepsie Tapes, en Swoon, en She’s Allergic to Cats, en I Stand Alone, y ¿quién puede decidir quién va demasiado lejos y a quién coño le importa? Perder la virginidad con un zurullo caliente podría considerarse un poco inmoderado, pero siempre está ahí Sade el filósofo para poner orden. De todas formas, creo que la noción de «extremo» en las artes es exagerada y anticuada. No hay nada con lo que no soñemos despiertos en la ducha, o que alguien no esté haciendo en su habitación o en el sótano, nada que algún pobre diablo no esté soportando, o que alguien no esté disfrutando. ¿Qué hay de ese vídeo en el que alimentan una serpiente con un cachorro, o las imágenes de la ganadería industrial, o el festival de carne de perro de Yulin…? La violencia y la crueldad extremas están en todas partes, no es nada nuevo; es la forma en que las pasamos por alto lo que a menudo me parece extremo, y repugnante, y potencialmente peligroso (y por tanto interesante).
R.G.: La repetición y la simulación ocupan un lugar destacado en Terminal Park, donde utilizas la recreación de una escena icónica de la historia del cine, una escena que ha sido objeto de múltiples reinterpretaciones. ¿Podrías explicarnos esta elección y sus intenciones con respecto al discurso artístico?
G.J.S.: La omnipresencia y el potencial teórico de la escena de la ducha de Psicosis eran esenciales. Pero aparte de todas las películas de Hitchcock, también encontrarás referencias a algunas otras: Funeral Parade of Roses, Dogville, Body Double… En cualquier caso, es evidente que estoy jugando con algunas ideas muy trilladas de Baudrillard y Deleuze. Como dice el artista noruego Nikolas Berg en la novela, aunque ya al borde del delirio en este punto: «La copia se alimenta de sí misma y una vez empezada nunca puede terminarse; y como todos los momentos ya existen, también existen todas las copias, y hay copias perfectas y copias menos que perfectas, cada una de ellas copiada de nuevo independientemente de la fidelidad al original, y así el espacio para la creación original se encoge y crece al mismo tiempo: a cero en un nivel, y a todo lo que podría existir en otro. (…) Pero la diferencia en este modelo es la decadencia, y tiene una larga historia, que se dirige en una sola dirección: hacia fuera y hacia el momento de la ruptura (autorreferencial).» Ya había escrito mi libro sobre Baudrillard, Stratagem of the Corpse, cuando escribí Terminal Park, así que tenía su obra como una especie de lente. Pero también he disfrutado mucho explorando películas con el mismo núcleo narrativo: Wages of Fear/Sorcerer, Le Feu Follet/Oslo 31 de agosto, todas las variaciones de Crimen y castigo, desde Fear hasta la brillante Norte: The End of History, etc. Recuerdo que al leer HHhH, cuando Binet enumera todas las versiones cinematográficas que ha habido sobre la Operación Antropoide (los acontecimientos que rodearon el asesinato de Heydrich), yo ya las había visto todas. No es que hubiera hecho nada con ellas. Sólo por el placer de comparar los diferentes enfoques, ya sabes. Y luego llegó la adaptación cinematográfica de HHhH, así que había otra. También está Synecdoche, New York, que es una película que admiro y en la que probablemente tuve algo que ver. Y El ángel exterminador, que siempre está merodeando por alguna parte. También me fascinan las construcciones de patrones paranoicos que, aunque respetan los hechos, imponen un orden especulativo y deformado, como el que se ve, por poner un ejemplo reciente, en Under the Silver Lake.
R.G.: Hay una claridad forense en tu escritura, una calidad de observación que puede ser tan perturbadora como fascinante. En cuanto a la forma, ¿cuánto de tu estilo dirías que es consecuencia de una aptitud natural, y cuánto está calculado para servir a las intenciones del texto?
G.J.S.: La forma es crucial para mí, lo ha sido desde el principio. Mi primer libro, Theoretical Animals, describía un mundo de canibalismo abstracto y que se canibaliza a sí mismo. Esta autocanibalización implica que la segunda mitad del libro tiene exactamente la misma cantidad de letras que la primera mitad, y que cada sección de la segunda mitad reorganiza las mismas letras que su sección correspondiente en la primera mitad. O Necrology (escrito con Kenji Siratori), cuya estructura refleja un método de tortura utilizado por los piratas etruscos. En Terminal Park, una de las influencias formales más evidentes es el cambio radical de enfoque (del Apocalipsis de la Fisión al «PsychoBarn»), que se produce aproximadamente hacia el tercio de la novela, al igual que en Psicosis. Y como en la película, pasamos del exterior al interior. Los otros libros que he escrito más influenciados formalmente por el cine serían 30 Fake Beheadings y You With Your Memory Are Dead. Con el primero, todo empezó cuando Rauan Klassnik me metió el germen en la cabeza (con su invitación para que reseñara algunas películas poco conocidas para una revista que él coeditaba) y ya no pude sacármelo. Necesitaba que las películas estuvieran arraigadas en la realidad existente de lo irreal, por lo que las películas inventadas, me pareció, tenían que ser secuelas. Y qué mejor manera de reforzar la violencia de la novedad que inventando secuelas para películas que militaban activamente contra esa posibilidad. El libro se basa en la teoría de la decapitación y en la naturaleza post-cefálica de la experiencia cinematográfica, por lo que no fue ninguna sorpresa que documentar al personaje que mira todas esas películas (y su creciente ausencia de sí mismo) se convirtiera rápidamente en algo tan importante como documentar la propia película inventada. Y ambos se alimentan mutuamente. «Anticristo 2» fue la primera de esta secuencia delirante. Respecto a YWYMAD, es el resultado de ver Begotten en bucle durante dos semanas: la escritura ekfrástica como ritual, si quieres llamarlo así. Warewolff! sería otro ejemplo de mi intento de casar lenguaje y concepto formal. Si pensamos en términos de formas invisibles (a lo Kevin Jackson), incluso el título de Warewolf! absorbió más energía de la que quizá debería. Para explicarlo brevemente: en Finnegans Wake, «warewolff!» (cuidado con el lobo) es lo que las Floras o las Maggies gritan a Glugg (o Shem), que es el lobo del que debemos cuidarnos. Glugg no ve lo que está oculto (no adivina el color de las bragas de Issy/Izod), por lo que se esconde y es enviado al exilio. Se parece al diablo, es egocéntrico y absorbente («hace las paces en sus prédicas y juega con la estima»), sólo puede responder al acertijo si puede verse a sí mismo en su totalidad (Shem/Glugg y Shaun/Chuff), pero no puede soportarlo, es feo y malhablado, el desterrado «audaz chico malo y sombrío de los libros de cuentos», y además es profesor de lengua, por lo que resulta muy apropiado que cuando regresa a hurtadillas para vengarse sea a través de la lengua como se revela: un bardo burlón («mocking birde to micking barde»). Luego está todo lo de Deleuze y Guattari sobre el devenir-lobo: situado en el borde pero no fuera de la sociedad, una multiplicidad, un agujero, una forma sin forma… En fin, dado lo perfectamente que todo esto se alinea con la «criatura» que hay en (que es el) libro, pronto se convirtió en el único título que podía imaginar.
R.G.: Tu trabajo explora la destrucción, ya sea corporal, simbólica o cultural. Al estar centrada en el colapso y en una fuerza desintegradora, se diría que a menudo tiene un efecto desensibilizador. ¿Utilizas activamente la desensibilización por sí misma, o consideras que tu obra sólo dialoga con ella? Teniendo esto en cuenta, ¿hay ejemplos de desensibilización en el cine que resuenen contigo o con tu obra?
G.J.S.: Ese efecto de insensibilización no es tanto una técnica consciente como un reflejo honesto del lugar desde el que escribo: una especie de distancia, una falta de voluntad para participar en las fabricaciones de la identidad predominantes. Para mí el tema no es la destrucción, sino el sufrimiento. Y de aquí al sinsentido de ese sufrimiento (y el sinsentido del propio sentido); y de ahí a una posibilidad de sentido tan esotérica y fervorosa como ruinosa. La primera película que me viene a la mente es Peeping Tom, donde la insensibilización es en sí misma profundamente sentida. También está presente en la obra de Lars von Trier y Yorgos Lanthimos, por ejemplo. Y en Spoorloos, Funny Games, La cinta blanca, etcétera. Si quieres una película que te destroce un poco (incluso con todo lo que tuvieron que dejar fuera), prueba a ver el corto Detainment.
R.G.: A medida que una forma secular de apocalipsis se ha ido imponiendo en la cultura, los tópicos del fin del mundo son algo más que clichés, se han normalizado. ¿Crees que tu obra dialoga con esta tendencia? ¿Hay ejemplos de cine apocalíptico que la reflejen?
G.J.S.: En Terminal Park, el apocalipsis es una revelación de algo que antes estaba oculto. Y aunque esto se remonta a sus orígenes religiosos, sigue estando presente en las versiones secularizadas que mencionas y en los mejores ejemplos de arte, literatura y cine apocalípticos. Es este final como revelación lo que me resulta interesante. No me interesa la manida noción del colapso medioambiental y social que saca a la luz lo mejor y peor de la naturaleza humana, en la que parecen centrarse la mayoría de obras (y que no es más que una falsa revelación; quiero decir, ¿quién no sabía esto ya?); antes bien, se trata de la revelación de algo verdaderamente oculto: una sacudida sísmica, un sobresalto, un alucine total y absoluto. Tampoco creo que se puedan eludir las implicaciones salvíficas que generan este tipo de brechas.
R.G.: Un aspecto de tu obra que llama especialmente la atención es la representación del cuerpo. Cosificado, idolatrado, aniquilado o deconstruido, el cuerpo brilla en todo su esplendor. En tus libros se reconoce la seducción de transgredir los límites de la carne. ¿Te has inspirado en el body-horror del cine?
G.J.S.: El cine está ahí, por supuesto, junto con la literatura y el arte. A veces es una influencia directa, pero con más frecuencia es oblicua. Están todas esas escenas/imágenes que se instalan en tu cabeza y nunca se van: la materia vil, las sustancias y manchas, las fusiones, los aumentos y las reducciones, y las habituales piedras de toque cinematográficas (Lynch, Cronenberg, Carpenter…), y esas escenas implantadas en mí (y en muchos otros) para siempre, de películas tan diversas como Possession, Bug, Tetsuo: The Iron Man, The Human Centipede, Un Chien Andalou, Fiend Without a Face, Blood of the Beasts, y un largo etcétera. Y me pregunto si alguna vez habré escapado realmente de las películas de Pesadilla en Elm Street que me zampé en mi niñez. O de las franquicias Hellraiser, El exorcista, La profecía, Evil Dead, Alien… Y aquí viene Udo Kier atragantándose con la sangre de una prostituta y cercenando una cabeza humana. Fuera del cine, Francis Bacon es el maestro, y la cucaracha de Lispector es mi particular magdalena. Y sí, mis ensoñaciones son de esas en las que Charters y Caldicott aparecen en Trash Humpers babeando sobre relleno de sándwich, comprobando los resultados del cricket, fornicando vigorosamente con los cubos de la basura.
R.G.: Parte de lo que hace atractiva la lectura de tu obra es la sensación de ser arrastrados en una dirección determinada, para encontrarnos luego con una serie de yuxtaposiciones salvajes. Tan pronto como hay una idea filosófica, se produce un giro hacia lo visceral y experimental, y lo alienante y cerebral se ve salpicado por imágenes crudas y abrasadoras, a menudo concentradas en una sola frase. Tu uso de las imágenes es vívido y eléctrico. ¿Ves algún equivalente en el cine? ¿Ha influido la estructura del cine en tu estilo?
G.J.S.: Es evidente que las técnicas cinematográficas se filtran. Sin duda han impregnado mi experiencia del mundo tan profundamente que sería difícil escapar de ellas. Pero también hay que tener en cuenta que muchas de esas técnicas ya existían en la literatura, así que no son exclusivamente cinematográficas. Supongo que te refieres a los jump cuts o al rack focusing, o al montaje, a la exposición doble/múltiple, lo que sea, que están por todas partes. El reto es hacerlo sin que parezcan versiones toscas o inferiores de sus primos cinematográficos.
(…)
R.G.: Desde sus inicios el cine ha estado preñado por el delirio y la ilusión. ¿Qué lugar ocupa el artificio y lo imaginario en tu obra? En una época saturada de información, y en la que el cine como medio debe lidiar en dicho contexto, ¿consideras que la radicalidad en tu obra es una respuesta o reflejo ante este cambio?
G.J.S.: El artificio es algo central, ineludible. Me recuerda a la ocurrencia de Baudrillard sobre la inteligencia artificial: si carece de artificio, carece de inteligencia. O como dice Lisa Robertson: «el artificio es el alma». Las obras realistas, que supuestamente carecen de artificio (como si eso supusiera una medalla de honor), son precisamente donde reside el artificio. Lo que en sí mismo no tiene por qué ser malo, aunque con demasiada frecuencia lo es. Lo prodigiosamente trillado como experiencia vivida y auténtica es toda una mierda dorada en nuestros días.
R.G.: Volviendo con la destrucción y la descomposición, ¿es necesario que la propia pantalla se descomponga? ¿Debería autodestruirse el celuloide?
G.J.S.: La pantalla se rompe todo el tiempo, es lo normal. Lo difícil es ver la pantalla. Y una vez que la has visto, dejar de verla.
Gary J. Shipley es autor de numerosos libros, entre ellos Bright Stupid Confetti, 30 Fake Beheadings, Terminal Park, Theoretical Animals y So Beautiful and Elastic. Fragmentos de su novela Warewolff! fueron publicados en ‘Mundo Weird: Antología de nueva ficción extraña‘; y en 2023 se publicó su primer libro traducido al español, ‘Los inamovibles (y otros relatos de atrocidad, deformidad, horror y depresión)’.
Rebecca Gransden escribe para diversos medios como Tangerine Press, Burning House Press, Muskeg, Ligeia y Silent Auctions, entre otros, y ha publicado los libros Anemogram, Rusticles y Sea of Glass.
