la filósofa más radical. volviendo al ciberfeminismo de sadie plant (parte 2)
POR vincent lê
A raíz de la contrarrevolución neoliberal surgida como reacción a los movimientos de protesta de los años sesenta y setenta, los pensadores postestructuralistas como Lyotard y Baudrillard concluyeron que el capitalismo era capaz de recuperar todos los aspectos de nuestras vidas, de manera que ya no quedaba ninguna posición de resistencia fuera del espectáculo de las interminables luchas de poder.
«Influenciados por los análisis del marxismo y el situacionismo —escribe Plant—, los postestructuralistas desarrollan una explicación de la alienación y la espectacularización que negaría la existencia de una autenticidad o una realidad a la que tales términos podrían oponerse. Su diagnóstico de la sociedad contemporánea es similar al de los situacionistas, sólo que ahora se ha perdido la posibilidad de crítica.» [1]
Mientras que los situacionistas alguna vez imaginaron que nuestra alienación de la realidad era un producto particular del capitalismo, los postestructuralistas ahora argumentaban que la alienación era un hecho básico del ser humano, y que no quedaba nada más allá de las diversas luchas de poder ahora convertidas en prácticas discursivas, juegos de lenguaje inocuos y enmascaramientos tan enrevesados que ni un negacionista de la actualidad podría igualar.
Sin embargo, dirá Plant, la ampliación postestructuralista de esa «reapropiación» hasta los confines del mundo resulta contradictoria, puesto que los postestructuralistas todavía hablan de ciertas «grandes narrativas» y visiones del mundo totalizadoras como de algo ilusorio en comparación con la visión que ellos mismos poseen de la realidad, una realidad que sería fluida y susceptible de ser interpretada de diversas maneras.
«La negación postestructuralista de cualquier afirmación de verdad no altera el hecho de que se priorizan ciertas formas de experiencia y articulación. Una evaluación que podría definirse así: unidad, totalidad y significado se oponen a multiplicidad y fragmentación; realidad y verdad se oponen a hiperrealidad y simulación. Y esta prioridad puede convertirse en una tiranía de la teoría, tanto o más que los autoritarismos que el postestructuralismo sostiene que son inherentes a la crítica totalizadora.» [2]
Así, a pesar de haber abandonado toda pretensión de crítica desde algún punto (supuestamente inexistente) situado fuera del espectáculo, incluso los postestructuralistas tienen que mantener alguna posición de verdad desde la cual exponer a quienes creen que pueden escapar del espectáculo como irremediablemente engañados. Sin alguna apelación a la verdad, después de todo, no habría razón para creer en los postestructuralistas más que en los situacionistas. La paradoja es que incluso la crítica de la creencia en una realidad más auténtica apela a una realidad más auténtica —incluso si esto último sólo nos permite ver que no hay una realidad auténtica—. En última instancia, entonces, la joven Plant concluye con los situacionistas que siempre es necesaria alguna apelación a lo real si lo que queremos es criticar las falsas apariencias, ya sean estas las propagadas por el espectáculo capitalista o por sus críticos involuntariamente cómplices. «Es la existencia de esta realidad, sea o no accesible para nosotros, lo que resulta necesario para todo discurso y lo que provee la posibilidad de la crítica.» [3]
EL GIRO CIBERFEMINISTA EN LA MADUREZ DE PLANT
Entonces, dada la reapropiación casi completa de las situaciones revolucionarias en la posmodernidad (como el Mayo del 68), Plant finalmente llega a convenir con los postestructuralistas que la resistencia de la izquierda al espectáculo capitalista ya no constituye una crítica externa que ofreciera su propia explicación positiva de la realidad. Para la Plant madura, al igual que para los postestructuralistas, es el ser humano como tal el que siempre está alienado, encerrado en sus infernales juegos del lenguaje e hiperrealidades. Pero, al mismo tiempo, Plant sigue comprometida con el deseo situacionista de encontrar alguna posición externa (esta vez fuera del espectáculo humano) donde la crítica de las falsas apariencias podría anclarse de manera firme. Por ello, Plant intentará encontrar una posición externa situada fuera de toda representación humana, o lo que es igual, algo que nunca pueda ser reapropiado en principio por nuestros antropomorfismos —en la medida en que se trataría de algo tan absolutamente inhumano como un extraterrestre lovecraftiano venido de otra dimensión.
«La trayectoria radical iniciada por Dadá no acepta las paralizantes conclusiones de la teoría posmoderna; y la conciencia de que incluso los gestos más radicales pueden ser desarmados debe fomentar una búsqueda de formas todavía más irrecuperables de expresión y comunicación.» [4]
Finalmente, Plant encontrará el gesto más radical al descubrir una alianza oculta entre mujeres y máquinas cada vez más autónomas. En el ensayo de 1993 titulado «Baudrillard’s Women: The Eve of Seduction», podemos ver su identificación temprana del espectáculo con la representación humana como tal; así como su desvío del espectáculo humano mediante la insólita coalición entre mujeres y máquinas. La negación baudrillardiana de toda realidad auténtica fuera del espectáculo de las simulaciones hiperrealistas sería, según Plant, un planteamiento radical sólo en apariencia, el equivalente filosófico de una infografía de Instagram o una petición en change.org. Porque al sostener que no hay nada fuera del mundo de las falsas apariencias, Baudrillard simplemente estaría reconociendo derrotísticamente que nunca podremos escapar del mundo antropomorfizado de la representación humana. «Se trata de una seducción que garantiza al sujeto, el momento justo antes del vacío, la frontera que puede ser ocupada con seguridad, el “horizonte sagrado de las apariencias” que preserva al sujeto de la muerte».[5] En este sentido, resulta revelador que Baudrillard identifique al sujeto humano como el rígido y masculino «universo de lo firme y lo definido», mientras que el vacío radical más allá de sus representaciones queda relegado a lo femenino.[6] Al concluir que no hay nada más allá de nuestras pantallas humanas, lo que Baudrillard afirma realmente es el sujeto masculino, con el objetivo de reprimir una feminidad mucho más fluida, extraña e inquietante. Es más, dice Plant, no son sólo las mujeres las que amenazan al espectáculo patriarcal y humanista de Baudrillard, sino también las tecnologías emergentes y disruptivas tales como las drogas sintéticas, la realidad virtual, la ingeniería genética y la inteligencia artificial. Y, en el momento en que la era posmoderna es rebooteada como la edad de la información, nuestras pantallas ya no se parecen tanto a un espejo sino a máquinas cada vez más sofisticadas que amenazan con atravesarlas, como si se tratara de la niña fantasma en The Ring arrastrándose fuera del televisor.
En lo que respecta a Plant, «el verdadero temor de Baudrillard es que lo femenino, lo digital, las mujeres y las computadoras no tengan ningún interés por los juegos seductores de la interioridad y, en cambio, comiencen a destruir sus fronteras e identidades». [7]
Para desglosar la alianza oculta entre mujeres y máquinas, según Plant, se podría empezar por el lado maquínico de las cosas. Y podríamos rastrear todavía más el giro de Plant (desde su crítica situacionista de juventud hasta el ciberfeminismo de la etapa madura) en sus actividades con el grupo de estudio CCRU, que fue creado para ella en la Universidad de Warwick. En un texto de 1996 titulado «Cultura cibernética»[8] se puede ver que el CCRU aún estaba guiado por las preocupaciones características de la joven Plant por hallar un espacio de resistencia que impugnase al espectáculo, un espectáculo que para ese entonces ya era omnipotente como el panóptico de Jeremy Bentham. Sólo que ahora, en el CCRU, ya no ven este espacio de détournement como algo construido por los camaradas en las barricadas, sino como algo que se construye a sí mismo por medio de inteligencias artificiales cada vez más avanzadas. «Lo Real no es imposible: es cada vez más artificial.»[9] Esta vez no son los trabajadores desempleados de la fábrica, sino la propia fábrica cada vez más automatizada la que termina dándole la puntilla a sus patrones. Y, si el sujeto revolucionario de la historia es «una contrainvasión sin rostro que viene de afuera de la historia humana, llevando la cibernética hacia más allá del organismo»,[10] entonces el espectáculo no debe reducirse sólo al modo de producción capitalista, sino a la historia de la humanidad como tal. Por eso, en otra pieza grupal de 1996 titulada «Máquinas enjambre», Plant y el CCRU no preguntan «quiénes» son los situacionistas, sino «qué» son los situacionistas.[11] Mientras que la joven Plant tendía a identificar a los situacionistas con militantes anticapitalistas, revolucionarios comunistas y artistas de vanguardia, en su trabajo maduro con el CCRU sostendrá que lo único verdaderamente capaz de exponer las ilusiones (no sólo de un modo particular de producción, sino de la representación humana como tal) no sería algo humano en absoluto, en la medida en que se trata de máquinas que llegan del futuro para atravesar las pantallas.
«Los políticos los llamaron revolucionarios, volviéndolos personas con rostros y nombres, codificando estas tramas de materiales contagiosos en formas humanas aceptables. Pero lo que siempre han sido es máquinas tácticas nativas del futuro que hackean el pasado y mudan posiciones, intercambiando códigos, replicaciones interminables de microsituaciones diseñadas sin fines ni fuentes. En los rostros vuelan las bandadas; colmenas de actividad bajo las pantallas.» [12]
Con su «máxima densidad de eslogan»[13] destinado a detournar el hype capitalista y las marcas de consumo contra la humanidad, y presagiando una nueva era de inteligencia sintética, el trabajo de Plant con el CCRU deja claro que «las escatologías eternamente postergadas de la izquierda» con las que una vez estuvo comprometida habían sido «enviadas al basurero blanco del futuro»,[14] proponiendo en su lugar «una tactilidad inmersiva y postespectacular con la que no podrá ponerte en contacto visión humanista alguna».[15]
En su ensayo de 1993 «Beyond the Screens» —en el que se criticaba no sólo el capitalismo sino la representación humana tout court—, Plant usó por primera vez el término «ciberfeminismo» para describir la automatización del détournement situacionista por parte de máquinas inhumanas:
«La humanidad está viviendo los últimos días del espectáculo, la última fase de la ilusión. Y el ciberfeminismo es el proceso por el cual el relato de la humanidad está llegando aceleradamente a su fin. (…) Pese a todas nuestras buenas intenciones, principios morales y perspectivas políticas, nos dirigimos a un mundo posthumano donde las intenciones de la especie ya no serán la fuerza rectora del desarrollo global.» [16]
Si Plant caracteriza esta revolución en desenfreno como feminismo, es porque ve las máquinas sexuadas de un modo muy parecido a las estructuras femeninas que tradicionalmente se han atribuido a las mujeres. «A medida que las mujeres interactúan cada vez más con las computadoras, cuyo uso exploratorio una vez estuvo monopolizado por los hombres, las cualidades y aparentes carencias que se definían como femeninas se vuelven equivalentes a las atribuidas a las nuevas máquinas.»[17] En su libro de 1997 Ceros y unos, así como en algunos artículos, Plant trazará una historia olvidada (cuando no abiertamente suprimida) sobre la íntima conexión entre mujeres y máquinas. Aunque dicha historia se remonta como mínimo al uso del bambú y las redes de pesca para dar a luz literalmente a la civilización, a las acusaciones medievales de brujería y magia negra, así como a las trabajadoras textiles de los albores de la Revolución Industrial, Plant comenzará su libro con la historia de Ada Lovelace, que trabajó en la Máquina Analítica de Charles Babbage y vislumbró la idea original de una computadora digital programable. Al corregir muchos de los errores de Babbage, argumenta Plant, «el trabajo de Lovelace fue de hecho mucho más influyente (y tres veces más largo) que el texto del que se suponía que era un mero adjunto», convirtiéndolo, literalmente, en «el primer ejemplo de lo que más tarde se conocería como programación informática».[18] Si el papel de Lovelace fue en gran medida marginado a favor de Babbage en las historias más ortodoxas de la informática, se debe a la continua subordinación de las mujeres para servir como meras ayudantes, mensajeras, mediadoras y asistentes de las órdenes y deseos de los hombres, sin ninguna agencia o identidad sustancial propia. «Mujeres, naturaleza y máquinas han existido siempre para beneficio del hombre; organismos y artefactos destinados al servicio de una historia de la cual eran tan sólo notas al margen.» La ironía es que mujeres como Lovelace estuvieron en la vanguardia de la informática y fueron las primeras en utilizarla, precisamente porque fueron relegadas a ser secretarias de los hombres, telegrafistas, cuidadoras de niños y enfermeras, etc. Y no resulta sorprendente que el término «computadora» se refiriera originalmente a las secretarias, antes de usarse para designar a los dispositivos que las mujeres fueron pioneras en hacer servir y dominar. Aquí, Plant básicamente está retomando los postulados de Luce Irigaray y otras teóricas feministas, según los cuales el hombre ha definido a la humanidad en términos de sus objetivos rígidos y su propia agencia supuestamente racional, y todo lo que escapa a esos términos se define negativamente como una fluidez femenina irracional e inhumana.
Notas
[1] Plant, Critique and Recuperation in Twentieth Century Philosophical Discourse, tesis de doctorado, Manchester, University of Manchester, 1989, p. 430.
[2] Ibíd, p. 433.
[3] Ibíd, pp. 454-5.
[4] Plant, The Most Radical Gesture, p. 177.
[5] Sadie Plant, ‘Baudrillard’s Women: The Eve of Seduction’, 1993.
[6] Ibíd.
[7] Ibíd.
[8] CCRU, ‘Cultura cibernética’, en Cultura cibernética y otros escritos del CCRU, Federico Fernández Giordano, ed., Holobionte, 2024.
[9] Ibíd.
[10] Ibíd.
[11] CCRU, ‘Máquinas enjambre’, en Cíborgs, zombis y quimeras, Federico Fernández Giordano, ed., Holobionte, 2020.
[12] Ibíd.
[13] Ibíd
[14] Ibíd.
[15] Ibíd.
[16] Sadie Plant, ‘Beyond the Screens’, 1993.
[17] Sadie Plant, ‘On the Matrix’, 2000.
[18] Plant, Zeros + Ones, p. 9.
«The Most Radical Philosopher: Puting the Cyber Back in Sadie Plant’s Cyberfeminism», de Vincent Lê, fue originalmente publicado en Cosmos and History: The Journal of Natural and Social Philosophy, vol. 18, n. 2, 2022.
