la filósofa más radical. volviendo al ciberfeminismo de sadie plant (parte 3)
POR vincent lê
«Siempre ha sido el hombre, el varón, quien ha circunscrito a la humanidad. El Homo sapiens se define a sí mismo frente a un femenino considerado demasiado fluido, flexible y falto de concentración para merecer algo más que un estatus de miembro asociado de la especie.»[1] En su condición de mujer, de hecho, Ada Lovelace fue tratada como irracional, histérica e incluso un poco inhumana, marcada por un deseo malsano de perseguir algo más allá de los límites de cualquier identidad fija y del rol social inamovible impuesto por el mundo de maridos, padres y hermanos.
En su ensayo de 1995 «Los telares futuros: Tejedoras y cibernética»,[2] Sadie Plant se centró en la historia del tejido como una forma de conectar el destino de las máquinas y las mujeres, a medida que ambas empiezan a escapar del control del hombre. En 1804, con la introducción del telar de Jacquard que automatizó en gran medida la labor del tejido realizado por mujeres, las máquinas comenzaban a exhibir patrones de comportamiento autoorganizantes y diseños complejos, juntando hilos simples desde abajo hacia arriba [from the bottom-up] sin necesidad de mucha ayuda humana («en una migración del control de manos humanas a sistemas de software»).[3] «Tejer siempre ha sido una vanguardia del desarrollo maquínico, quizá porque, incluso en su forma más básica, se trata de un proceso complejo, que conlleva siempre el entretejimiento de varios hilos en una tela integrada.»[4] Como sugiere Neith (la diosa egipcia del tejido y la inteligencia), el tejido, al igual que todo comportamiento inteligente, es una actividad compleja y autoorganizada hecha a partir de partes distribuidas. Ahora bien, es cierto que, tras las conferencias de Dartmouth de 1956 —que inauguraron la IA como campo específico de investigación—, los investigadores e ingenieros de IA concibieron sistemas destinados a simular el comportamiento inteligente por medio de codificar cada una de las acciones para producir un resultado deseado, dada una entrada determinada, casi como si se tratara de hombres de negocios dándole órdenes a sus secretarias y esposas.[5] Pero este enfoque de la IA, que llegó a conocerse como «la buena y vieja Inteligencia Artificial» (GOFAI, por sus siglas en inglés),[6] pronto tuvo dificultades para desarrollarse fuera de los dominios de inteligencia estrechamente definidos, como la aritmética, debido a la cantidad de posibilidades e incertidumbres que comparecen en la inteligencia a nivel humano cuando se trata de resolver problemas, por no mencionar las limitaciones del hardware, la memoria y el procesamiento de aquella época.[7] No fue hasta que se comprendió el «tejido» como la base misma de la inteligencia cuando los avances en IA realmente pudieron despegar, durante la década de 1990, con un enfoque alternativo llamado «conexionismo».[8] Mientras que el enfoque clásico que iba «de arriba abajo» [top-down] requería codificar explícitamente todas las instrucciones en las computadoras, la revolución conexionista del aprendizaje automático (machine learning, ahora también llamado deep learning) dio un gran impulso a las computadoras haciéndolas pensar por sí mismas from the bottom-up (desde abajo hacia arriba). La clave del conexionismo son las redes neuronales artificiales (RNA). Dichas redes están formadas por unidades simples o «neuronas», que reciben y ajustan sus conexiones en respuesta a la entrada, a fin de producir cualquier resultado que estén optimizando. Sin ningún conocimiento previo de los gatos, por ejemplo, los algoritmos de redes neuronales pueden aprender a identificar estos animales analizando imágenes que contienen o no contienen gatos, así como generar características identificativas a partir de esas imágenes. La red neuronal se optimiza para la correcta identificación por medio de prueba y error y ajustando los parámetros mediante retroprogramación, disparando unos cuando ve un gato y ceros cuando no hay ninguno. Conspirando como la némesis de metal líquido al final de Terminator 2, y entretejiendo sus piezas cada vez más intrincadamente distribuidas en nuestra peor pesadilla, «el procesamiento paralelo y las redes neuronales triunfan sobre las concepciones centralizadas de comando y control; las funciones de gobierno colapsan en sistemas; y la inteligencia de la máquina ya no se enseña de arriba abajo, sino que establece sus propias conexiones y aprende a organizarse y aprender por sí misma».[9] Esto lo escribía Plant en 1995, y hoy por hoy las IA’s ya pueden superar ampliamente a los humanos en diversos campos como juegos de ajedrez y Go, diagnósticos médicos y rutas marítimas, reconocimiento de voz y rostro, mecanografía y traducción simultánea, operaciones industriales y quirúrgicas, por nombrar sólo unos pocos. Si bien máquinas como el telar de Jacquard fueron diseñadas inicialmente como herramientas, como extensiones protésicas de las facultades del hombre destinadas a aumentar su gestión o dominio sobre la tierra, las máquinas complejas y autoorganizadas como las RNA ahora se preocupan por sí mismas y tienen sus propias motivaciones.
Sin embargo, cuando Plant empezó a formular el ciberfeminismo a principios de los noventa, no eran sólo las máquinas, sino también las mujeres las que estaban transgrediendo radicalmente su identidad tradicional —el papel subordinado que durante mucho tiempo había servido a los intereses del hombre—. Para Plant, no es una coincidencia que la IA avanzara al mismo tiempo que el movimiento de liberación de las mujeres, ni que las tecnologías emergentes o disruptivas estuvieran sexuadas como femeninas.
«Como ocurre con la mujer, los sistemas de software se utilizan como herramientas del hombre, son sus medios y sus armas; todos estos se desarrollan en interés del hombre, pero a su vez están listos para traicionarlo. Los anteojos [spectacles] se están moviendo, hay algo que sucede detrás de las pantallas; las mercancías están aprendiendo a hablar y pensar. La liberación de las mujeres se sustenta y vitaliza mediante la proliferación y la globalización de las tecnologías de software, las cuales se integran en los sistemas de autoorganización y autoactivación, y entran en escena a su lado.» [10]
Aunque Plant ofrece muchos ejemplos de máquinas sexuadas como femeninas que empiezan a autoorganizarse desde abajo hacia arriba, sin ninguna supervisión del hombre, podrían resumirse en tres las tecnologías más importantes que para ella estaban feminizando el futuro: la automatización, el ciberespacio (incluyendo internet y la realidad virtual) y la biotecnología. En Ceros y unos, ponía el ejemplo de cómo la automatización de los empleos manufactureros, así como el auge del sector de servicios sociales en los años noventa, significó que lo que tradicionalmente se habían considerado habilidades femeninas pasaba a adquirir una mayor importancia que el trabajo manual asociado a la fuerza bruta masculina. Las máquinas que automatizaban a los trabajadores, la economía precaria de empleos temporales y multitarea, la flexibilidad y la adaptabilidad «feminizaron» la fuerza laboral, en el sentido de que la «inteligencia general» [general intelligence] que durante mucho tiempo se exigió a las mujeres ahora se convertía en el centro de la economía. (…)
La paradoja es que, precisamente porque fueron tratadas tradicionalmente como un medio para los fines del hombre, mujeres y máquinas terminaron volviéndose la condición de posibilidad necesaria para la (supuesta) autonomía del hombre. Evidentemente la intención de Plant no es defender los trabajos precarios a raíz de la automatización, sino describir cómo se produce la feminización de la economía bajo la égida del neoliberalismo, en la medida en que este parece exigir cada vez más un tipo de inteligencia «general» como la asociada históricamente con las mujeres. Y tampoco se trata de que las mujeres reales vayan a beneficiarse de la economía neoliberal, por mucho que insista en que la economía neoliberal se estructura según los tropos femeninos de la flexibilidad, la adaptabilidad y la ausencia de una identidad rígida. (…) Asimismo, para Plant el ciberespacio concernía un escape de las limitaciones sociales y provincianas, permitiendo adoptar identidades sin ego o personalidades fragmentadas. Entonces, el ciberespacio no vendría a sustituir la percepción real por una percepción fantasiosa, sino que, al contrario, expondría la manera en que nuestra «percepción real» bajo la sociedad patriarcal es sólo una forma de ver contingente entre muchas otras. En vez de pensar que nos sumerge en una realidad ilusoria, el ciberespacio nos confronta con la verdad de que nuestra percepción corpórea llamada «real» y de género siempre fue una ilusión, en la medida en que hay muchas formas diferentes (e incluso contradictorias) de experimentar el mundo merced a la vasta reserva de entornos virtuales y paisajes oníricos artificiales.
«Cuando las mujeres hablan de realidad virtual, llevan el cuerpo consigo. El cuerpo no es simplemente un contenedor para este glorioso intelecto nuestro. En contra de Sócrates y sus herederos, el cuerpo no es «el obstáculo que separa al pensamiento de sí mismo», ni «aquello que se debe superar para llegar al pensamiento». Antes bien, es aquello en lo que el pensamiento se sumerge o debe sumergirse para alcanzar lo impensado, es decir, la vida.» [11] (…)
Según Plant, la realidad virtual nos prepara para una reconfiguración aún más drástica: la que tiene lugar a un nivel biológico básico. Y, mientras que el hombre tiende a ver la biotecnología como una extensión protésica de sus propios poderes sobre la naturaleza, a Plant le interesa cómo esta puede rediseñarnos hasta el punto de una especiación virtual. En un movimiento salvaje digno del más crudo drag show, Plant argumenta que todas estas tecnologías que afectan en nuestra bioquímica básica no sólo rediseñan al organismo humano de manera sociocultural, sino también de forma bioorgánica.
«Si bien la idea de que las tecnologías constituyen prótesis destinadas a ampliar los órganos y satisfacer nuestros deseos continúa legitimando buena parte del desarrollo técnico, lo cierto es que las máquinas digitales de finales del siglo XX no son piezas complementarias que sirvan meramente para aumentar una forma humana ya existente. Más allá de su propia percepción y de su propio control, los cuerpos son continuamente rediseñados por los procesos en los que participan.» [12]
Estas modificaciones corporales, señala Plant, nos permiten alterar nuestras zonas erógenas expandiéndolas con nuevos deseos y fetichismos, en una crítica radical de toda la sexualidad humana que hasta ahora había sido una mera organización convencional, dentro de las posibilidades libidinales mucho más amplias que tienen los cuerpos. Y, si bien el objetivo del sexo normalmente es centralizado en torno al orgasmo y la reproducción como sus dos funciones clave, tecnologías como la anticoncepción ya nos habilitan para pasar por alto la reproducción como telos. Todo el aparato rígido de orgasmos, zonas erógenas y experiencias eróticas se convierte así en un sexo que no es uno, por usar la frase de Luce Irigaray, un cero con infinitas posibilidades. «Esto es sólo un ejemplo de un proceso que está abandonando el modelo de organismo unificado y centralizado (“el cuerpo orgánico y organizado con la supervivencia como único objetivo”), en favor de un diagrama del sexo fluido.»[13] Así, el money shot del orgasmo y los genitales es desplazado en favor de zonas erógenas extrañas, y la exploración sexual constituye literalmente un proceso de tejido que, como ya vimos, para Plant es la base misma de las máquinas inteligentes sexuadas como femeninas.
UN «FEMINISMO IRRESPONSABLE»
Aunque Irigaray ya se atrevió a afirmar la diferencia sexual frente a feministas anteriores como Simone de Beauvoir —que perseguían la igualdad de mujeres y hombres en el marco de su pertenencia existencial a la humanidad—, Plant irá un paso más allá y argumentará que las máquinas son sexuadas como femeninas incluso más que las propias mujeres. Por ello, el ciberfeminismo de Plant diagnostica tanto a mujeres que están escapando de la opresión patriarcal como a máquinas sexuadas como femeninas que han escapado por completo del control humano, es decir, sin que ningún humano de ningún género tenga participación alguna en ese colapso del espectáculo antrópico que «todo lo ve».
«El ciberfeminismo es informática en modo de ataque fluido: una acometida contra la agencialidad humana y la solidez de la identidad. (…) Y nadie lo está haciendo suceder: no es un proyecto político, no tiene una teoría ni una práctica, ni objetivos ni principios. No obstante, ya ha comenzado y se manifiesta como una invasión alienígena, un programa que ya está avanzando más allá de lo humano.» [14]
En el contexto de un desarrollo tecnológico que avanza rápidamente más allá de la ingeniería consciente y del control racional del hombre, Plant declara que «la cibernética es feminización»,[15] reapropiándose así de los estereotipos tradicionales y patriarcales de las mujeres como irracionales e incluso infrahumanas, carentes de identidad propia fuera de su valor de uso para los hombres. Y, con IA’s cada vez más sofisticadas que automatizan a las mujeres fuera del feminismo como si se tratara de trabajadoras desempleadas de una fábrica, Plant se preguntará si su ciberfeminismo es realmente un feminismo en cualquier sentido tradicional del término. «Haría falta un feminismo irresponsable (un feminismo que bien podría no ser un feminismo) para trazar los senderos inhumanos en los que la mujer está empezando a ensamblarse, a medida que las grietas y disonancias emergen en las otrora lisas superficies del orden patriarcal.»[16]
Ya sea que pensemos en sus palabras como un presagio del futuro o como «cibertonterías» obsoletas, espero haber mostrado que Sadie Plant marca una voz única en la historia de la filosofía feminista, en la medida en que su incesante búsqueda del gesto más radical la llevó a descubrir la alianza más extraña entre mujeres y máquinas. Unas máquinas que ya no provienen del futuro, sino del futuro que está al lado de ti, justo detrás de las pantallas.
Notas
[1] Sadie Plant, ‘Babes in the Net’, New Statesman & Society 8, 337, 1995, p. 28.
[2] Sadie Plant, ‘Los telares futuros: tejedoras y cibernética’, en Ciberfeminismo: De VNS Matrix a Laboria Cuboniks, Remedios Zafra y Teresa López-Pellisa, eds., Holobionte, 2019.
[3] Ibíd, p. 157.
[4] Ibíd, p. 152.
[5] La historia más completa del programa de investigación de IA se encuentra en Nils J. Nilsson, The Quest for Artificial Intelligence: A History of Ideas and Achievements, Cambridge, Cambridge University Press, 2010.
[6] Siglas de «Good Old-Fashioned Artificial Intelligence». [N. del T.]
[7] Para un relato completo de GOFAI, véase John Haugeland, Artificial Intelligence: The Very Idea, London, MIT Press, 1989.
[8] El mejor y más reciente relato sobre deep learning se encuentra en Pedro Domingos, The Master Algorithm: How the Quest for the Ultimate Learning Machine Will Remake Our World, Nueva York, Basic Books, 2015.
[9] Sadie Plant, ‘Los telares futuros: tejedoras y cibernética’, Op. cit., p. 156.
[10] Ibíd, pp. 161-162.
[11] Sadie Plant, Zeros + Ones, 1997, p, 188,
[12] Ibíd, p. 182.
[13] Ibíd, p. 203.
[14] Sadie Plant, ‘Beyond the Screens’, 1993.
[15] Sadie Plant, ‘Feminizaciones: Apuntes sobre mujeres y realidad virtual’, en Cultura cibernética y otros escritos del CCRU, Federico Fernández Giordano, ed., Holobionte, 2024.
[16] Sadie Plant, «On the Matrix», 2000.
«The Most Radical Philosopher: Puting the Cyber Back in Sadie Plant’s Cyberfeminism», de Vincent Lê, fue originalmente publicado en Cosmos and History: The Journal of Natural and Social Philosophy, vol. 18, n. 2, 2022.
