LO QUE UNA «TRADWIFE» PUEDE APRENDER DE KATHY ACKER

POR ALBERT KADMON

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La semana pasada, en una cena, escuché a una mujer decirle a su marido que no le importaría ser una «tradwife», ya sabéis, una esposa tradicional de las que tanto gustan a la «manosfera». Como ya había escrito un artículo sobre lo que un «troll» podía aprender de H.P. Lovecraft para CTXT pensé que ahí había una percha para mi otro artículo sobre Kathy Acker, convertida de «niña pudiente» a una de las primeras pospornógrafas y posmodernas feministas. Acker trabajó como stripper para pagarse estudios en literatura griega, y probablemente allí, en el estudio del origen de la palabra «persona» en las máscaras de teatro, aprendió que la identidad es una farsa compuesta por lenguaje y algunos huecos en los que podía actuar mediante la reescritura y el cut-up. 

Supongo que lo que una «tradwife» puede aprender de Acker es que los relatos que nos contamos son falsos, que por ello es peligroso que otros controlen tu narrativa (todavía peor si son machos), que no hay que dejarse estigmatizar por el aborto (tan importante en algunas de sus novelas, reflejo de los cinco abortos que tuvo y de la impresión de que su madre la hubiera abortado), y que el sexo es un espacio para la experimentación del género. Pero bueno, que me libren de decir que yo le digo a alguien cómo vivir su vida, mi consejo es solamente que abran un libro de Acker y lo lean.

Recuerdo, antes de que se recuperara a la autora, hace una década, cuando empecé a leer Aborto en la escuela al encontrarlo en la biblioteca pública de Lleida, publicado por Anagrama en 1987, y quedar totalmente pasmado, pensando si acaso había un error en la traducción (era un jovencito confuso, perdónenme). El libro empieza así: «Como nunca había conocido a su madre, pues su madre murió cuando Janey tenía un año, Janey dependía de su padre para todo y veía a su padre como novio, hermano, hermana, dinero, diversión y padre.» Esa visceralidad sólo la encontré un poco más tarde en Dennis Cooper, a quien también publicó Anagrama en alguna ocasión. 

En 2019 la editorial barcelonesa recuperó el título con una nueva portada y con un estupendo prólogo de Eloy Fernández Porta. Yo empecé a pensar en estas líneas con la lectura de Retrato de un ojo, las tres primeras novelas de Acker traducidas por primera vez al castellano por Fedérico Fernández Giordano de Holobionte Ediciones (quienes ya habían traído al  CCRU al español y que apuestan por la autora ya que publicarán en 2026 también su última novela, Pussy King of the Pirates). La primera de las novelas de Reatrato de un ojo fue publicada por primera vez en 1973 con pseudónimo y enviada a fragmentos por correo postal, lo que me recuerda a las técnicas fanzineras también del templo de la juventud psíquica, y es un poco lo que Jean Genet hubiera hecho con Historia universal de la infamia, mezclar la vida de delincuentes con dosis de literatura del yo. Las otras dos novelas son Soñé que era una ninfomaníaca y La vida adulta de Toulouse Lautrec contada por Henri Toulouse Latruec, que conforman un torbellino de posporno parricida y punk. Cuando finalmente me puse a redactar estas líneas, en noviembre de 2025, Anagrama recupera Don Quijote, que fue un sueño que sigue con la técnica de reinterpretar grandes clásicos con una perspectiva queer como había aprendido de William Burroughs (que este, a su vez, se remite a Brion Gysin, quien apareció publicado en español por primera vez este septiembre en conversación, precisamente, con Genesis P-Orridge). Así que no hay excusa para no toparte con un libro de Acker en tu librería de confianza para regalárselo a aquella amiga que, poseída por la mística del disco de Rosalía, tontee con la idea convertirse en una «tradwife».

Al preguntarle sobre este asunto a Fedérico Fernández Giordano me responde lo siguiente: «Las ‘tradwifes’ y los ‘tradhusbands’ me recuerdan a los personajes de una novela del siglo XIX. Se han convertido en personajes de ficción, o son personajes de ficción devenidos reales. De la misma manera, los personajes de Kathy Acker se mueven en la difícil tensión entre deseo y alienación, entre un ‘yo’ y un ‘afuera’ que me posee. Por eso en la portada de Retrato de un ojo vemos a alguien fusionándose con un pulpo: el pulpo (la ideología) se pega a tu piel, se introduce en ti a nivel molecular, te mimetizas con él y se convierte en tu camuflaje… Hasta que finalmente no hay diferencia entre ti y todo lo que te rodea. Por eso los personajes de Acker no son tan diferentes de ellos; simplemente se mimetizan con lo primero que encuentran (o con lo primero que los encuentra a ellos)

Algunos ya saben que Acker entrevistó a las Spice Girls en el cénit de su carrera, ya que para la escritora la banda de música representaba la quintaesencia de la fusión de dos tipos de feminismos, el mainstream del mundo del pop y el proletario de las girl gangs. En este sentido siempre defendió un empoderamiento desde la femineidad, el famoso girl power. Así que podría afirmarse que su genealogía nos remite a pospornógrafas como Anne Sprinkel o Lydia Lunch, no sólo por las reinvenciones corporales y la experimentación de género, también en la «femenina» prosa rabiosa. En la performance de tradwifes hay femineidad, sí, pero hay también un importante desclasamiento, de las girl gangs se ha retrocedido a complemento para la gran vaca sagrada de Las Familias. Ya se sabe que en tiempos de crisis La Familia se resignifica, pero conviene no olvidar las reflexiones antipsiquiátricas del núcleo familiar como portador infectador de patologías. La Familia como la entendía Leopoldo María Panero, como esa cariñosa madre que manda que te aten para un electroshock por ser demasiado «marica». La Familia es el espacio donde cultivamos nuestras primeras máscaras de personalidad, algo que se esforzó Acker por deshacer con su prosa. Ahora ya divago, lo más importante aquí es abrir un libro de Acker y ver las vibraciones de onda a las que te lleva su juguetona trama posporno, disfrutar de una prosa pionera y de, bendito sea, proyectos realmente experimentales traducidos al fin a nuestro idioma.  

XENOMÓRFICA MAGAZINE