PERSPECTIVAS SOBRE EL NEORRACIONALISMO

 

Los cerebros humanos son al pensamiento lo que las aldeas
medievales fueron a la ingeniería: antecámaras para la experimentación,
lugares provincianos y atestados donde pasar el rato.
Nick Land; «Circuitos»

La razón despierta hoy innumerables reticencias: el irracionalismo negó su poder abrazando un mundo caótico e incognoscible y afirmando la inmediatez de la vida; la teoría crítica alertó de la unidad esencial entre racionalidad y dominio a causa de su tendencia instrumentalista; la condición posmoderna trajo consigo su descrédito como un ejemplo más de metarrelato; y, finalmente, los estudios feministas y poscoloniales han advertido de que tras su supuesta neutralidad se esconden sesgos de género, raza y clase. Sin embargo, en el ámbito filosófico se está produciendo una vuelta del racionalismo y de otras nociones típicamente ilustradas como universalidad o progreso. El origen de estos discursos podría encontrarse en lo que algunos denominan el giro especulativo, que da cuenta del auge de posiciones realistas y materialistas en contraposición al relativismo y constructivismo imperantes en el siglo XX. El giro especulativo engloba teorías muy distintas entre sí pero que comparten la crítica del correlacionismo (es decir, la idea según la cual no es posible considerar las esferas de la subjetividad y la objetividad independientemente una de la otra) y la pretensión de volver a trazar lazos con un pensamiento del absoluto.


Entre estas teorías encontramos el neorracionalismo, una denominación usada para referirse al trabajo de autores como Ray Brassier, Reza Negarestani o Peter Wolfendale, vinculados al realismo especulativo. Según Wolfendale, su programa filosófico consistiría en «rechazar toda intuición racional en nombre de la razón, insistir en que no solo no hay una facultad intuitiva de conocimiento racional sino que no hay ninguna aprehensión intuitiva de la estructura, posibilidades y límites propios de la razón».[1] Se diferencia del racionalismo clásico en su crítica al dogmatismo y al logicismo clásico, su incorporación de diferentes formas de escepticismo sistemático y su compromiso con el giro computacional de principios del siglo XX, cuyas consecuencias «golpean nuestra concepción intuitiva de lo que es pensar, rompen nuestras formas de racionalizar lo que somos y destruyen nuestras ilusiones sobre lo que es razonable creer».[2] Se trata, en definitiva, de deshacerse de toda característica autoevidente y extraer la razón de su envoltura empírica, separando las especificidades masculinas, burguesas y europeas de su forma abstracta operacional, y dejando tan solo un conjunto de funciones que pueden ser realizadas en diversos soportes materiales y formas de vida, por lo que podría hablarse de una «inhumanización de lo cognitivo»[3] o una «artificialización de la inteligencia»: la posibilidad de una «imitación inorgánica de la razón orgánica» o el despertar de «una inteligencia que está en proceso de quitarse la máscara humana».[4] Gracias a los avances en lógica matemática, neurociencia computacional y machine learning sería posible proporcionar una descripción mínima de lo que algo tiene que hacer para tener la capacidad de razonar (de ahí la cercanía de esta corriente con el programa de Inteligencia Artificial General o AGI, si bien el objetivo no sería ayudar a construirla sino pensarla como la posibilidad de vernos a nosotros mismos desde fuera);[5] y, al mismo tiempo, desarrollar nuevas habilidades que sobrepasen nuestro condicionamiento biológico y social.


Pero ¿cómo empezar a definir la razón, más allá de estos objetivos programáticos? Los tres autores, partiendo de una concepción funcionalista deudora especialmente de Wilfrid Sellars (según la cual los estados mentales son estados funcionales o, en otras palabras, la mente es lo que la mente hace), ofrecen tanto una definición negativa como una definición positiva: para Brassier, la racionalidad no es una facultad sobrenatural como se la ha considerado a menudo, sino una actividad gobernada por reglas;[6] para Negarestani, no hay nada especial ni no-constructible en ella sino que es simplemente un juego en el sentido de implicar prácticas reglamentadas y tolerantes al error desplegadas en ausencia de un árbitro;[7] y, según Wolfendale, no se trata de una capacidad derivada de la biología, la psicología o la historia cultural del Homo sapiens sino de un protocolo abstracto que ha sido funcionalmente implementado por la infraestructura tecnolingüística del ser humano, si bien otras formas de comunicación (distintas a nuestro lenguaje) o usos de herramientas (distintas a nuestra tecnología) podrían abrir camino a esta compleja infraestructura de cognición racional.[8]


Una característica importante de esta actividad, protocolo o juego es la variabilidad de sus normas y su consecuente tolerancia al error (que pasaría a tener un rol positivo y constituyente en el diseño de las máquinas inteligentes y la teoría de la cognición aumentada junto con otros fenómenos como el trauma y la catástrofe).[9] Según Brassier, las reglas no están fijadas de antemano sino que son históricamente cambiantes; y, de un modo parecido, Negarestani afirma que la razón no debe ser entendida como una cosa rígida e inmutable, sino como un espacio que se reconstituye a sí mismo y que está permanentemente sujeto a revisión. Este carácter revisionario es, junto a su compulsión constructiva, otro rasgo importante: «La razón libera sus propios espacios y sus propias exigencias, y en el proceso revisa fundamentalmente no solo lo que entendemos por pensamiento, sino también lo que reconocemos como nosotros[10] Revisión, por un lado, de lo que significa ser humano removiendo sus características supuestamente evidentes y tratándolo como hipótesis en construcción (lo que se conoce como inhumanismo); y, por otro, de sus propias reglas o de sí misma, lo que podría entenderse en términos de reprogramación. La razón tiende a autotransformarse, a deshacerse de aquello que la determina o restringe, y una forma de hacerlo es a través del arte en la medida en que pensamiento y materia se perturban el uno al otro. Negarestani sostiene que «la tarea del arte se redescubre no en su aparente autonomía, sino en su poder singular para reorganizar y desestabilizar las relaciones de configuración entre los parámetros del pensamiento, los parámetros de la imaginación y las restricciones materiales que pautan y estructuran el edificio cognitivo».[11]


Algo similar se produce en el encuentro con lo raro, entendido como una entidad o un objeto tan extraño que nos hace sentir que no debería existir (como ocurre a menudo en el arte). En palabras de Mark Fisher, «las obras contemporáneas y experimentales suelen parecernos raras la primera vez que las vemos. Esta sensación de lo erróneo asociado con lo raro suele ser una señal de que estamos en presencia de algo nuevo. Aquí lo raro es un indicio de que los conceptos y marcos que hemos empleado han quedado obsoletos».[12] El arte, por tanto, sirve para mostrar que las categorías usadas hasta el momento para explicar o dar sentido al mundo ya no nos sirven. Otra forma de transformar la razón es eso a lo que algunos autores llaman metanoia,[13] y que designa un cambio radical en el entendimiento que tiene lugar, por ejemplo, al leer un libro: cuando lo acabamos, sabemos que hemos cambiado y que el mundo mismo ha cambiado para nosotros. Estos ejemplos demuestran que la razón no es solipsista o autosuficiente sino que queda expuesta al Afuera, o a lo que Patricia Reed y otros han llamado la infección de perspectivas alien.

[1] Peter Wolfendale, «On Neorationalism» <https://deontologistics.wordpress.com/2018/02/11/on-neorationalism/>

[2] Ibíd.

[3] Nick Land, «Circuitos», en Fanged Noumena vol. 1, Barcelona, Holobionte, 2019.

[4] Ray Brassier, Nihil desencadenado. Ilustración y extinción, Madrid, Materia Oscura, 2017.

[5] Reza Negarestani, Intelligence and Spirit, Falmouth: UK, Urbanomic, 2018.

[6] Ray Brassier, «El prometeísmo y sus críticos», en Aceleracionismo, Buenos Aires, Caja Negra, 2018.

[7] Reza Negarestani, «La labor de lo inhumano», en Aceleracionismo, op. cit.

[8] Peter Wolfendale (2019) The Reformatting of Homo Sapiens, Angelaki, 24:1, 55-66; véase también Rationalist Inhumanism, en M. Hlavajova y R. Braidotti, eds., The Posthuman Glossary (Bloomsbury, 2018).

[9] Matteo Pasquinelli, ed., Alleys of Your Mind: Augmented Intelligence and Its Traumas (Meson Press, 2015).

[10] Reza Negarestani, «La labor de lo inhumano», op. cit.

[11] Reza Negarestani, Torture Concrete. Jean-Luc Moulène and the Protocol of Abstraction (Urbanomic, 2014).

[12] Mark Fisher, Lo raro y lo espeluznante, Barcelona, Alpha Decay, 2018.

[13] Armen Avanessian y Anke Hennig, Metanoia: A Speculative Ontology of Language, Thinking, and the Brain (Bloomsbury, 2017).