SOBRE LAS AGUAVIVAS Y LOS GRANDES ANTIGUOS

POR RAMIRO SANCHIZ

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[((-P)):] A las medusas en Uruguay las llamamos «aguas vivas» o «aguavivas», y este nombre ya comporta un potencial weird. De manera similar a los virus, que desafían el establecimiento de fronteras nítidas entre lo vivo y lo no-vivo (o que nos terminan de convencer de que creer en fronteras nítidas entre lo vivo y lo no-vivo es incurrir en vitalismos y biocentrismos), el nombre de «aguaviva» fuerza el adjetivo «vivo» a lo que, si bien es pensado habitualmente como una condición de posibilidad de la vida (y un combustible, por así decirlo, de esta, tanto como un bloque de construcción de los cuerpos vivos a nivel molecular), no es otra cosa que un compuesto químico inorgánico, es decir algo esencialmente no-vivo. El agua no vive, aunque dé hogar a la vida, de modo que un «agua viva» es una entidad tan anómala como la «montaña caminante»: podemos concebir estas quimeras metafóricamente e incluso fantástica o milagrosamente, pero si hubiera algo así como una montaña que camina, su existencia es por principio singular y no una norma, en tanto se trata más bien de la oposición a la norma general que dice que las montañas no pertenecen al conjunto de cosas que caminan. Por supuesto, sabemos que las aguavivas no son agua que además está viva, sino criaturas cuyo lugar en la vasta clasificación de los seres llamados vivos no es en realidad problemático sino legible en un sistema concebido por la biología molecular y la genética (en tanto superación de una «historia natural» que clasificaba a los animales y las plantas según patrones morfológicos). Las medusas, en efecto, pertenecen al phylum Cnidaria, que incluye además al coral y las anémonas, además de otros tantos animales parasitarios. Dejando de lado las esponjas y simplificando un poco el esquema filogenético, todos los animales pueden dividirse en dos grandes grupos: los bilaterales (a su vez divididos, a grandes rasgos, en protostomas y deuterostomas, grupo al que pertenecen los vertebrados y por tanto los primates) y los cnidarios; dado que los fósiles más antiguos conocidos de cnidarios y bilaterales datan de hace aproximadamente 580 millones de años, el antepasado común de ambos –el período en que ambos linajes terminan por divergir– debe ser necesariamente anterior; esto quiere decir, entonces, que los humanos tenemos antepasados en común más recientes con cualquier otro animal y que, por tanto, las medusas, los corales y las anémonas están entre los animales filogenéticamente más distantes de nosotros, que llevamos más de 580 millones de años evolucionando por caminos diferentes a los suyos.

 

[(-P):] En su ensayo de teoría-ficción Vampyroteuthis infernalis, el teórico brasileño-alemán Vilém Flusser propone la idea de que «el asco recapitula la filogenia», es decir que «cuanto más alejada está una criatura de los humanos en el árbol filogenético, más asco nos produce» y que por tanto los animales más asquerosos son los moluscos. Los «cordados primitivos (Acrania)» son ligeramente menos repugnantes, ya que en lugar de ser «gusanos blandos» como los moluscos, sus cuerpos poseen algún tipo de soporte, y los peces resbalosos nos repugnan más que los anfibios y estos más que los reptiles, que nos perturban más que los mamíferos y probablemente las aves.[1] Además de desplazar y ampliar el «asco» en dirección a una perturbación más general o incluso de «horror», me gustaría llamar la atención sobre la imprecisión (productiva, en cualquier caso) de Flusser,[2] en tanto los moluscos encuentran sus primeras apariciones unívocas en el registro fósil unos 480 millones de años antes del presente, en comparación con la más notoria antigüedad de los cnidarios. Incluso si damos crédito a la propuesta de que ciertos fósiles de hace 550 millones de años son los primeros moluscos conocidos, se trata en cualquier caso de animales bilaterales (el «gusano blando» flusseriano sería equiparable en definitiva a la forma básica del animal bilateral, con su división entre extremo anterior y posterior del cuerpo y sus consiguientes lados dorsal y ventral, izquierdo y derecho), y por lo tanto más «cercanos» a nosotros que los cnidarios; en ese sentido, si diéramos crédito a la ley filogenética del asco, las aguavivas deberían resultarnos más inquietantes/repugnantes que los pulpos y, al menos en mi caso, esto se verifica.

 

[:] Quizá la ley filogenética flusseriana encuentra su momento más productivo al proponer la idea de un «mapeo antropocéntrico» del reino animal en términos de distancias con respecto a lo humano: hablar de animales «superiores» e «inferiores» y desplegar el árbol de la vida animal de tal manera que los primates en general y los humanos en particular representen el ápice establece el régimen de distancias por el que sentimos tan remotos a los pulpos y los calamares de los que habla Flusser como cercanos a los mamíferos en general, con los que establecemos de inmediato relaciones antropomórficamente mediadas o antropomorfizantes, por ejemplo cuando buscamos calibrar comportamientos animales en un una matriz moral («nobleza», «valor», «lealtad») rastreada en la evaluación impresionística del porte o la mirada del animal en cuestión. Flusser, en última instancia, señala que pese a las distancias que nos separan filogenéticamente del calamar, aun así deberíamos asumir un fondo en común (de otro modo cumpliríamos todavía más intensamente con el programa antropocéntrico incorporando sin fisuras la idea del excepcionalismo humano, que nos postula ajenos y extranjeros al orden de la vida, entidades sujetas a otras reglas y de alguna manera incomunicadas con la naturaleza, la biosfera o el proceso planetario). En definitiva, las formas de vida a las que adosamos la etiqueta de basales, por ubicarlas en extremos remotos de la deriva filogenética (es un error común decir que las medusas están «menos evolucionadas» que nosotros; independientemente de los cambios a los que haya sido sometido el proceso de sus formas, son tan evolucionados como cualquier criatura sometida a las mismas presiones del ambiente; si no componen sinfonías ni han desarrollado cerebros, es porque hasta ahora no lo han necesitado), nos confrontan con el asco de lo primitivo y lo remoto, cuyo origen podría rastrearse (modelos psicoanalíticos aparte) a la confrontación con la certeza de que eso mismo somos nosotros, erosionando con su mirada (la mirada inversa de la humana-humanizadora) nuestra pretensión de extranjería y singularidad y nuestra economía de la diferencia. La medusa activa su repulsión filogenética porque al verla entendemos que somos, tanto como ellas, resultados emergentes de un proceso planetario complejo al que llamamos «evolución», y toda erosión de la pretensión humanista-antropocéntrica-excepcionalista subsiste (a veces incluyendo la producción de violencia) por los complejos hipersticionales que nos permiten pretendernos únicos y diferentes, verdaderos aparatos ideológicos del devenir-humano y formaciones policiales de la diferencia biológica. Que la literatura ocupa un lugar de relieve entre estos aparatos ideológicos o sistemas de defensa organizados políticamente, me parece algo indudable. El debate contemporáneo del «arte» producido por Inteligencias Artificiales es un ejemplo de la manera en que tantos «artistas» terminan arrinconados en una posición evidentemente humanista, buscando (desesperadamente) el punto desde el que desplegar una distinción fuerte entre lo orgánico y lo sintético, lo humano y lo maquínico, etc. Los escritores, por su parte, se involucraron con esta batalla cultural (perdida de antemano por el humanismo, que a estas alturas es poco más que el rastro de un zombi en la arena de una playa sembrada de residuos plásticos) un poco más tarde que los ilustradores, y con menos patetismo pero no menos ingenuidad: en efecto, quejarse por lo «erróneo» que pueda ser el hackeo de una IA del «estilo» de Borges (por poner un ejemplo) es como comulgar en retrospectiva con la «queja» de algún amante de la naturaleza, allá por 1984, ante la representación en 8 bits de una flor; si, con gráficos 4K y todo, seguimos creyendo que una fotografía de una flor es en principio distinguible de una flor «simulada», es porque atribuimos a la flor, y por extensión a lo natural, una cualidad irreductible a la representación y en esencia mágica; una forma de gnosticismo, en definitiva. Por otra parte, ¿qué es la historia de la literatura sino una larga tradición de hackeos de estilo? La única diferencia es que las IA recién comienzan… y aprenden mucho más rápidamente.

 

[(:)] Digamos entonces que hay una diferencia legible entre la medusa y el humano, pronunciada y radical. Pero como esta diferencia está sustentada por la evolución y la deriva genética, comprendemos que no somos en el fondo criaturas separadas por un abismo, que las mismas pautas que produjeron la medusa nos produjeron a nosotros, que estamos escritos, por decirlo así, con los mismos caracteres. Somos co-legibles, en definitiva, pero la fundación hipersticional de nuestro estatus humano (y los aparatos ideológicos que la administran y defienden) se resiste, se rebela, ensaya pataletas, ninguneos y batallitas. El sedimento de ese malestar puede ser recodificado por el horror: las medusas, en definitiva, nos miran desde lo que siempre querremos percibir como el otro lado del reino animal, el más radicalmente inhumanizable, hasta el punto de que desconfiamos incluso de su animalidad, pensándolas en términos de una agencia problematizada, entidades flotantes incapaces de dirigir su movimiento hacia lo que sea que las oriente teleológicamente. Las medusas son para esa mirada flotadores tentaculados, y no se trata siquiera de los tentáculos animados e inteligentes del pulpo o los calamares; son más bien cintas suspendidas en el agua, capaces apenas de agitarse brevemente para facilitar la ingestión de animales diminutos.

 

 

[::] Estamos en la playa, entonces, con el agua hasta la cintura y jugando a resistir el golpe de las olas (a ser humanos, en definitiva), cuando vemos a poco más de un metro una aguaviva.

[((:))] Sabemos que los tentáculos, si llegan a rozarnos en su azar inmotivado, nos producirán picazón, pero no es eso lo que nos repele: es más bien el asco adherido a la medusa en tanto tentáculo inmaterial adherido instantáneamente a nuestra sensibilidad, su condición abyecta al orden ascendente de la vida que (creemos) tiende a nuestro lugar privilegiado y superior; es su emblema de acefalía, su agencia nula, su condición basal que queremos una y otra vez significar en términos de distancia y de primitivismo para mantenerla al margen, separada de nosotros por todos los muros de la humanización. Pero no lo logramos: están ahí, nos han infectado como un virus. Quizá debemos llevarnos a la disciplina de convivir con ellas, de hacer la plancha en el agua y mirar, sin estremecernos, cómo flotan cerca, tan cerca de nuestro cuerpo. ¿Qué se gana con resistir, en definitiva?


[:(:)] Pero es más fácil salir del agua y la mayoría así lo hacemos; otros (agentes de la civilización, policías del orden humano) son capaces de tomarlas por la cápsula gelatinosa (esa materia ligeramente espesa que parece coagular el líquido circundante en una horrenda emulación de la carne) y arrojarlas a la orilla, donde quedan aplastadas, palpitando apenas y, tarde o temprano, inertes.


[:(:)] Y ahí encuentro una visión horrenda de mi infancia: estoy en la playa de Pinamar, en la llamada Costa de Oro uruguaya, donde confluyen las aguas del Atlántico con las del Río de la Plata, y apenas atravieso la barrera de los médanos y la arena fina y quemante encuentro, en la zona húmeda y compacta, una sucesión de círculos gelatinosos varados como ballenas de hace milenios y ya descompuestas, masas amorfas e inertes, no tan diferentes a una resaca de bolsas de nailon y porquerías de plástico. No es un acontecimiento que pueda calificar como nuevo o inédito, pero pronto la cantidad de aguavivas se vuelve la clave: son simplemente demasiadas, más que nunca, un número inquietante que se extiende hacia el este y el oeste como si se tratara de la gran mortandad de la especie y, a la vez, el testimonio de que sus números eran/son mucho más vastos de lo que creíamos. Pero si les pregunto a mis padres qué recuerdan de aquella gran infestación de aguavivas muertas en Pinamar, allá por 1987, no saben qué responder: debieron estar allí, pero no lo recuerdan. Es posible que lo haya soñado, entonces, y el número vastísimo y la inmensa sucesión de las aguavivas muertas sean acaso un argumento a favor de esta opción. Pero ¿y si fuera una premonición, más bien, un momento en que el tiempo devino óptica y el futuro se presentó visualmente ante mis ojos? Porque las aguavivas son algo más que emblemas de un pasado filogenético: también pueden ser heraldos de un futuro de extinción masiva y deterioro ambiental. Los llamados jellyfish blooms, por ejemplo, o proliferaciones anómalas de aguavivas, señalan desequilibrios químicos del océano e inbalances en las cadenas tróficas; la acidificación de las aguas por la captura de dióxido de carbono, además, incide en la producción de hábitat propicios para las aguavivas más que para otras especies. ¿No surgió de inmediato la comparación de las aguavivas muertas con desechos de plástico, como los que se aglomeran en manchas oceánicas, en islas de basura, los que configuran una imagen ya manida del Antropoceno? ¿O es que nunca estuvieron vivas? Están inmóviles, pero ¿alguna vez se movieron?)


[(::)] Sabemos que atravesamos una de las grandes extinciones de la historia del planeta: esta, nos repetimos, la causamos nosotros –ese mismo nosotros desprendido de las distancias con que medimos antropocéntricamente el reino animal y el dominio completo de la llamada «vida»–, quizá desde aquellos viejos tiempos del Holoceno cuando cazamos la megafauna y la hicimos desaparecer junto a los neandertal, acelerada después por nuestra terraformación de la tierra, la conversión de la biosfera en tecnosfera: la revolución industrial, la pesca a gran escala, la tala de bosques y selvas para facilitarle tierra a las plantas que preferimos porque sabemos que nos alimentan, y que además podemos comerciar con ellas. En el fondo, todo se trata de asociaciones entre especies, y por eso un mundo sin peces tropicales o delfines y, sin embargo, con muchísima más variedad de medusas que el nuestro nos parecerá siempre horrible, indeseable, signo de esa cosa profundamente errónea que, sentimos, venimos haciendo los humanos con el mundo. Pero quizá las medusas sobrevivan la gran extinción del Antropoceno, y eso también equivale a decir que acaso nos sobrevivan a nosotros. El asco es así proyectado hacia el futuro: pensar que el mundo que nos espera no será nuestro sino de las aguavivas es una forma de horror, evidentemente, pero la idea misma de equiparar medusas con futuro comporta algo todavía más inquietante. Si el asco por las medusas es el asco ante lo remoto y lo primitivo, el loop que implanta ese pasado en el lugar de nuestro futuro humano (o tecnohumano, transhumano) parece simplemente extirparnos y extirpar el orden que hemos querido imponerle al proceso planetario. Nada queremos con las medusas: pensar en comerlas nos devuelve al mundo del asco y al desprecio euro/leucocéntrico hacia aquellos (salvajes, evidentemente) capaces de comerlas. Las medusas jamás estarán entre esas especies favoritas cuya pérdida (los osos polares, las grandes ballenas, los leones y los tigres, los elefantes, las focas) es objeto de tantos relatos de horror antropocénico. Pero sabemos que, a la vez, son el lado oscuro del Antropoceno, en tanto no podemos sino pensar que su proliferación se debe a eso que venimos haciendo: que nosotros mismos somos cómplices del horror que las establece como futuro y que acaso nos arroje hacia el abismo/olvido/basurero de todo aquello que vivió en el mundo y, como debe ser, desapareció.


[:::] Virus Cthulhu, virus medusa… ¿Cómo no ceder a la tentación de yuxtaponerlos, de confundirlos? El tentáculo del pulpo o del calamar, por supuesto, es un tropo agotado, reiterado y en definitiva gastado del horror weird; pero ¿qué pasa con el tentáculo de la medusa, con su crítica implícita a la noción de agencia, su habitar en las fronteras entre lo animal y esas otras zonas marginales de la vida? El cuerpo de la medusa como cuerpo-sin-órganos, tumor, grado mínimo (o derrumbe) de la multicelularidad, de lo organizado: el pulpo y el calamar otorgan intención a sus tentáculos, los instrumentalizan, los vuelven análogos a una comprensión elemental de la tecnología; las medusas, no. No nos permiten adivinar si hay un objetivo, un telos, algo más que un tropismo (y la historia del algo más que el tropismo es la del deseo fundante de lo humano). El océano de Solaris es, después de todo, una gran medusa gelatinosa; y la cabeza de Cthulhu quizá no sea la de un pulpo sino la  de una medusa, ¿por qué no? Habría que repensar el general outline de la criatura; el pulpo no estaba desencaminado, dijo Lovecraft, pero quizá la medusa sea más precisa. ¿No es Cthulhu, en definitiva, una criatura del mar ctónico? Es también un outsider, un alien, al menos según el relato tardío de los mitos lovecraftianos, el de En las montañas de la locura, que nos cuenta que Cthulhu y su progenie (los Grandes Antiguos, Great Old Ones) arribaron a la Tierra con el propósito de desplazar a sus ocupantes, los Primigenios o Elder Things, pero tras la suerte de empate desastroso en que culminó esa batalla fueron sepultados en los extremos de la tierra, las fosas abisales, los grandes desiertos, las montañas antárticas. Cthulhu reclama para sí ese lugar definitivo más allá de lo terrestre: el océano más profundo, poblado de criaturas ciegas y monstruosas como calamares vampiro (el Vampyroteuthis infernalis de la teoría-ficción de Flusser) o los calamares gigantes de Verne, ese misterio de infrasonidos todavía hoy no identificados y gran zona inexplorada de nuestro planeta, como si se dijera que allí se ha refugiado el enigma, allí donde solo Moby Dick se ha atrevido a descender, ese mundo perdido del que de vez en cuando emerge algún críptido, como el dinosaurio del cuento «La sirena», de Ray Bradbury, o el vasto panteón de kaiju que incluye a Godzilla y las criaturas de la saga Pacific Rim. ¿Y no había, en definitiva, un ángel de Evangelion idéntico a una medusa gigantesca?


[(:)(:)] El vasto mar posthumano, el océano del post-antropoceno, infestado de medusas. Hemos pensado el futuro como una proyección de esa línea que va desde el ancestro de los bilaterales hasta los primates y los humanos (esa línea de perfeccionamiento, ese camino hacia lo sublime) y postulado tras este fin de la infancia clarkiano una humanidad mejorada, más cercana a los ángeles o los dioses, más inteligente, más imbuida de poderes, ingenieros cósmicos, creadores de vastas estructuras espaciales… pero quizá lo que nos espera es otra cosa, algo del pasado, un retorno, un camino en el proceso evolutivo que, antropocéntricamente, hemos pensado como lateral, alternativo, pero que en el fondo es la vastedad de lo planetario, el relato complejo e intrincado de esas reacciones químicas que hemos dado en llamar vida. El Retorno de los Grandes Antiguos encerrado en un recuerdo de una playa uruguaya, allá por 1987.

[1] Vilém Flusser, Vampyroteuthis infernalis: a treatise, University of Minnesota Press, 2012, p. 11.

 

 

[2] En rigor, cualquier planta (digamos incluso las más literariamente «nobles» como la secuoya, la rosa o el ceibo, «flor nacional» vaya a saberse por qué de la República Oriental del Uruguay) está todavía más alejada de nosotros que las aguavivas. La divergencia entre animales y plantas (o, mejor dicho, entre los seis grupos eucarióticos: animales, hongos, algas marrones, algas rojas, algas verdes y plantas) debería ser, evidentemente, posterior al origen de los eucariotas, hace unos 1.850 millones de años (aunque hay razones para postular una antigüedad todavía mayor, relacionada con la llamada Catástrofe de Oxidación [2.460 millones de años antes del presente], cuando el oxígeno producido por las cianobacterias contaminó la atmósfera y precipitó la extinción de gran parte de las formas de vida). Flusser, en definitiva, ancla su visión del asco dentro de los límites del reino animal, y es cierto que las plantas no nos producen (en términos generales) el mismo tipo de inquietud que una medusa o un calamar vampiro; su morfología, sin embargo, parece envolver una potencialidad alien. Árboles en la noche: inteligencias ajenas a todo mapeo antropocéntrico, tiempo vegetal, simbiosis micélica.

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