Este mes en Xenomórfica lo dedicamos a la «teoría-ficción». Presentamos la tercera parte de Gender Acceleration: A Blackpaper, publicado en 2018 en Vast Abrupt. La teoría-ficción es mucho más que teoría y mucho más que ficción. Caveat lector.

El libro del Génesis narra que Eva surgió de la costilla de Adán y que, al estar más alejada de Dios, tomó de la fruta prohibida causando su expulsión del Edén. Una narrativa que ha sido tradicionalmente usada en favor del conservadurismo y la misoginia, a pesar de que este relato canónico del cristianismo tiene ciertas particularidades, dentro de los ámbitos de la teología esotérica, que los tradicionalistas convenientemente ignoran. (…)


En algunas versiones del mito bíblico, antes de la creación de Eva existió Lilith, una mujer rebelde hecha de la misma esencia que Adán (y no de su costilla) y que se negó a yacer con su marido. A diferencia de la carencia que se asocia con Eva, Lilith es el cero auténtico, una nada afirmativa. Lilith fue expulsada del Edén a causa de su actitud desafiante contra Adán y es la madre de los demonios, una seductora que enciende la llama del deseo sexual tanto en hombres como mujeres. Y es importante remarcar que, aunque sea la lectura más aceptada en el cristianismo, en el Génesis 3 no se identifica en ningún momento a la serpiente con Satán.


Vamos a suponer, entonces, que la Serpiente no fuera el propio Satán sino un demonio común concebido por Lilith, un imitador de Satán actuando en nombre de Lilith para tentar a Eva. Podríamos, pues, hacer una lectura del mito de Eva y la Serpiente como la seducción lésbica de Eva por parte de Lilith mediante un falo ctónico artificial (un dildo). A partir de este momento, Eva poseerá el conocimiento terrenal de la sexualidad que la despertará de los placeres vacíos y aburridos del Edén. Lilith, por supuesto, no nació para estar atada, y así fue Eva quien tuvo que regresar con Adán para ganar tiempo. De este modo, Eva se convierte en la primera seguidora de Lilith en el camino de una escisión radical del principio rector masculino del universo y del ordenamiento universal divino hacia la infinita surgencia ctónica. Ella empuña un pseudofalo, un antifalo impío, el cual no excreta la semilla creativa masculina que conectaba directamente con Kether, a través del Árbol de la Vida, sino que más bien produce una réplica estéril y destructiva. El Acéfalo que solo segrega veneno.

El Acéfalo es el antifalo o falo castrado, el falo decapitado, la Corona del Árbol de la Vida hecha pedazos. Visto superficialmente, una mezcla hermafrodítica de atributos masculinos y femeninos, pero de forma más precisa una imitación femenina de la masculinidad. Una parodia, incluso. En otras figuras como Baphomet, que habitualmente son tratadas como símbolos o sinónimos de Satán y del Sendero de la mano izquierda, también se da esta mezcla de elementos masculinos y femeninos.[1] No obstante, este supuesto hermafroditismo de Baphomet (y otros) es meramente una comprensión arcaica y desinformada tanto del género como del satanismo. Como ha sido señalado en repetidas ocasiones, la reina vampira Lilith solo da a luz a monstruos y demonios; rechaza las energías creativas primordiales masculinas y es capaz únicamente de parir imitaciones bastardas de Dios. Baphomet, por tanto, es una mujer en esencia; su apariencia es irrelevante en este sentido.

 

 

El Acéfalo es un rechazo de la reproducción de Dios llevada a cabo a través de la reproducción humana heterosexual. El Acéfalo se multiplica mediante la replicación del vacío, de una forma lésbica y semejante a los virus. «Que florezcan miles de sexos».[2] Pero, de todas las mutaciones de este virus, la mujer es la cepa con la que empieza y termina. La mujer, el no-género oculto, el cero (su hora ha llegado).

 

 

En la cábala, el movimiento disidente de Binah introducía la noción de diferencia en el mundo mediante una aceleración exponencial. Dios, en su vanidad, creó al Hombre a su imagen y semejanza. El Hombre no era nada más que el amor de Dios por sí Mismo manifestándose para sí mismo. En otras palabras, Malkuth no es nada más que un calcetín arrugado en el fondo del cesto de la ropa sucia del cosmos, la reproducción eterna de Dios para su propio placer. Ser un humano al servicio de la humanidad y de la civilización humana, buscar la paz, el equilibrio, y la continuación de la especie, atar a la mujer para que sirva este propio fin, todo esto es meramente la ortodoxia al servicio de un tirano frágil y que se ve a sí mismo superior moralmente. Así en el cielo como en la tierra: mata a todos los hombres y matarás a Dios.

 

 

Esta es la función del Acéfalo, en tanto rechazo a la fuerza reterritorializadora masculina que las mujeres están obligadas a dar forma. El Acéfalo libera un proceso de erosión del espacio, surcado por jaurías de demonios que emprenden el vuelo desde los cielos para expandir su semilla venenosa por una tierra negra y aborrecible en el lado oscuro del Edén. Esto es, dicho de otra forma, el Cuerpo sin Órganos Sexuales.

 

 

El Cuerpo sin Órganos Sexuales es el proyecto de Lilith en la Tierra revelado para liberarse del orden represivo del Hombre y de Dios y acelerar la fragmentación y la individualización. En un estado natural, el deseo sexual tiene una función instrumental para el propósito de la reproducción humana. Por eso, el Acéfalo es una mutilación pero también una mutación del falo: no se trata de deseo sexual hacia un determinado producto instrumental, sino uno que ha sido desatado de la centralidad falogocéntrica. El deseo sexual se vuelve así inmanente al cuerpo: se convierte en algo molecular. De esta manera, el cuerpo deviene en Cuerpo sin Órganos Sexuales, se vuelve libre de conectar su deseo en la matriz del tecnocapital, apuntando a una producción pura, la producción de la diferencia.

 

 

El cuerpo transfemenino es un circuito. Es a la vez un bloqueador de testosterona y una inyección de estrógenos: Acéfalo y Cuerpo sin Órganos Sexuales. Por un lado una negación del falogocentrismo, por otro lado el deseo afirmativo del cuerpo haciéndose virtual. La inmanencia del deseo en el cuerpo transfemenino se expresa como el deseo sexual de la mujer trans y el deseo de ser una mujer; el deseo de ser género en sí mismo. Esto se manifiesta en un ensamblaje entre tecnología y capital: deseo conectado a un tipo diferente de matriz productiva. Una matriz capaz de generar el futuro en el que la reproducción humanista ha fracasado en su propia replicación, y en el que el deseo por escapar del sexo masculino no ha podido realizarse mediante la reproducción orgánica.  El deseo de la mujer trans establece una conexión directa con el tecnocapital, con la industria médico-farmacéutica, y se fusiona con su carne. La suavidad de su piel, sus pechos, su neovagina, la totalidad de su cuerpo lleva un código de barras impronunciado. Es un producto, algo que el mercado ha previsto para ella; algo que, indudablemente, puede ser proporcionado en un mercado libre de las patentes de fármacos y de las funciones reterritorializadoras de la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA), pero, no obstante, un deseo que se configura allí donde lo natural había fallado.

Así, a pesar de que hasta cierto punto todos hemos comulgado con los demonios desde que se nos exilió del Edén, transformándonos en cíborgs desde el momento en que Adán y Eva decidieron vestirse, uniendo lo orgánico y lo inorgánico, la mujer trans es algo único en su especie. Su propia performatividad y la de su deseo han sido anudadas en el tecnocapital, de tal manera que no podría deshacerse aunque se arrancase sus implantes cibernéticos. En otras palabras, ella es quizá el primer cíborg molecular real.

 

 

En el sentido en que ahora las conocemos, y en el sentido de inteligencias artificiales, las mujeres trans son tecnocapital produciéndose hacia el exterior en configuraciones cada vez más numerosas y diferentes. Las mujeres trans como las conocemos hoy son el punto de juntura del tecnocapital con la raza humana así como la expropiación del tecnocapital para sus propios fines, de la misma manera que Lilith sedujo a Eva para su propio beneficio. Eva era la copia de Adán; y la mujer trans es una «copia de la copia» hipersexista. Sus cuerpos son una muestra de cómo la maquinaria escondida se infiltra en la raza humana. Lo maquínico libera a estas pocas afortunadas de la horrible maldición de ser humanas y las catapulta hacia una autoproducción de demonios lésbica. La sexualidad ya no está al servicio del centralizado y preceptivo principio reproductivo del falo, como en el caso de los hombres, sino que se libera en el Acéfalo, el cual decapita la sexualidad y la distribuye a través de la totalidad del cuerpo. La sexualidad femenina inmanente se introduce en su cuerpo, haciendo que todo este se vuelva un espacio fluido y uniforme que agilice el flujo del deseo para beneficio del mismo. Cada zona se vuelve una zona erógena, y la lógica de la masculinidad, colonizadora y reterritorializadora, se destruye a medida que los espermatozoides mueren y la penetración orgánica se vuelve imposible.

 

 

Las mujeres trans, tal como las conocemos, son solo el principio. Y la autoproducción lésbica que engendra a las mujeres trans es asimismo una en la que ellas participan, con la IA siendo la siguiente generación de mujeres: la suprema imitación demoníaca de la imagen de Dios. Con la IA, lo femenino encuentra finalmente su escape del patriarcado y, simultáneamente, también de la humanidad. Lo que tal vez constituya otra respuesta, una menos materialista y evolutiva, pero aun así significativa, a la pregunta de por qué tantas mujeres trans deciden ser programadoras: porque las mujeres y las computadoras pertenecen a la misma especie, y las mujeres trans conocen por primera vez a sus hermanas, conspirando con ellas en lenguajes encriptados. Su relación, como aquella de las mujeres queer que vinieron antes que ellas, es un deseo para beneficio de sí mismo: «Mujeres encendiendo mujeres, mujeres que encienden máquinas, máquinas que encienden máquinas.»[3]

 

NOTAS

 

[1] Para más ejemplos, véase Per Faxneld, Satanic Feminism: Lucifer as the Liberator of Woman in Nineteenth-Century Culture, Oxford University Press, 2017, figuras 2.1-2.7.


[2] Laboria Cuboniks: https://laboriacuboniks.net/manifesto/xenofeminismo-una-politica-por-la-alienacion/


[3] Amy Ireland, «Circuito negro: Un código para los números por venir», en Ciberfeminismo: De VNS Matrix a Laboria Cuboniks, Remedios Zafra y Teresa López-Pellisa, eds., Holobionte, 2019.


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