Una odisea de entrelazamientos múltiples:
traduciendo a karen barad

POR Silvana Vetö

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Fotograma de 'Tocar' (Karen Barad y Blanca Rego, 2020)

[Nuestros amigos] hablándonos, reservan, incluso en la mayor familiaridad, la distancia infinita, esa separación fundamental a partir de la cual lo que separa se convierte en relación.

Maurice Blanchot; La amistad  

Barad juega con el lenguaje. Juega con el lenguaje porque entiende que el significado no precede a su con-tacto con él. Lo trata como si fuera un material otro, el cual puede adquirir una multiplicidad de formas al entrar en contacto con sus manos, con su pensamiento, con sus palabras. Podría decirse en este sentido, y sin falta de ironía, que no respeta su ontología, porque para Barad no existe una ontología del lenguaje per se, una ontología que le perteneciera al lenguaje o a fragmentos de él (palabras, significantes, significados, etc) como si se hallaran fuera o independientemente de su tacto, del gesto o acto de tocarlo. Para Barad sólo existe la «onto-epistemo-logía», el estudio de las prácticas de saber en el estar siendo, como señala en «Performatividad posthumanista».[1] Un «estar siendo» que nunca es individual, ni meramente humano o cultural.


Para ser más precisa, Barad crea, materializa el lenguaje con el que escribe, con el que significa (o no) al tocarlo. Si pueden imaginar, entonces, el reto que es leer a Barad en ese devenir «intraactivo» con el lenguaje, quizá podrán imaginar lo que es traducir su trabajo. Y tal vez se animarán a embarcarse en esta odisea de entrelazamientos múltiples entre Barad y sus lectorxs, entre la multiplicidad espaciotiempomaterial que deviene Barad y la otra multiplicidad espaciotiempomaterial que devengo «yo». Ese yo que necesariamente tiene que escribirse entre comillas porque justamente toda esta aventura es una práctica del no-yo. Aquí una confesión de quien traduce: es un salir de aquello que se piensa y a veces se vive como mi cuerpo, mis pensamientos, mis palabras, para dejarse atravesar, para provocar y alentar una especie de fusión con otrxs. Traducir es, en este sentido batailleano, una práctica erótica: una práctica de desidentificación, de fragmentación, de transgresión, de desalojo, de explosión del yo.


La poeta y traductora argentina Laura Wittner, en una referencia a Anne Carson, escribió: «Me gusta el espacio entre idiomas porque es un lugar de error o de equivocación, de decir las cosas menos bien de lo que se habría deseado, o directamente no lograr decirlas (…) Siempre es bueno perder un poco el equilibrio, ser desalojada de esa autosuficiencia con la que solemos ir por ahí percibiendo el mundo y diciendo lo que se percibe. La traducción produce constantemente este desalojo.»[2] Perder el equilibrio. Y también dice: «traducir es aprender a esquivar», un poco como la comparación que hace la traductora estadounidense de Roland Barthes, Kate Briggs, entre su oficio y el parkour (los «saltos callejeros»): la práctica de aterrizar, de «balancearse en la cornisa» y luego, o finalmente, aterrizar.[3] Con Barad sucede así: leer, no entender, pensar que está mal escrito, o mal editado, volver a leer, entender algo, pensar, rabiar, quejarse a viva voz, y en ese sentido des-encajarse. Luego recomponerse, probar, caer, volver a probar y volver a perder el equilibrio, escribir, releer y entender/se menos que lo que se entendió la primera vez. En algún momento llegar a entender y atreverse a inventar. Saber, también, que eso que inventes se posicionará en un terreno que quizá valga la pena entender, utilizando precisamente los conceptos de Barad, como un terreno intraactivo, es decir, un lugar de encuentro y de corte donde algo viene a «materializarse», a «adquirir importancia» (en ambos sentidos, utilizados por Barad, de comes to matter). Porque traducir es, en cierto sentido, cortar-con, cortar con un otrx en cuyo encuentro se produce ese corte. Esto, me parece, adquiere especial relevancia cuando se traduce a determinados autores y autoras por primera vez. No hay referente, o no demasiado directo, no hay genealogía aparente, hasta que se descubre la genealogía que sí hay (porque siempre la hay). Porque escribir, incluso para el texto «original», también es traducir. En el caso de Barad a Donna Haraway, por ejemplo, o a Niels Bohr, o a otrxs colegas humanxs, pero también átomos, hongos, algas… Es también traducir al relámpago. Una genealogía implica a veces algunas comodidades, pues puede involucrar un alinearse con, inscribirse en el trabajo de. Pero eso tiene también sus limitaciones, pues implica una deuda, se debe lealtad, implica «justicia», como se suele decir, con el supuesto «original» y con la genealogía. Pero, como decía, traducir puede ser entendido también como encuentro y cortar-con, quizá ya no en el terreno del entrelazamiento con el «original», sino con quienes leerán la traducción y la compararán con el texto en ese idioma «primero». Traducir puede entenderse también como hacer decir algo de una manera particular, que es la manera en que lo escribe el traductor o la traductora. En el caso de Barad y los textos compilados en Cuestión de materia, espero que este hacer decir sea no sólo interesante, sino ante todo legible, comprensible y ético-políticamente movilizador, potente, una herramienta que agencie una potencia en los lectores y lectoras de habla hispana a uno y otro lado del Atlántico.


En el acto de traducir a Barad hay muchas re/escrituras y cortes agenciales (lo que en un lenguaje tradicional se llamarían «decisiones de traducción») que podrían incitar a la discusión: Othering por «otrificación»; mattering por «materiación» −cuando no es sólo «materializar», sino también importar o tener importancia−; spacetimemattering por «espaciotiempomateriación»; intra-action por «intraacción» sin el guion; entanglements por «entrelazamientos» y no por «enredos» −como en otras traducciones de autorxs que se inscriben en esta genealogía− serían algunos ejemplos.


Todas estas re/escrituras fueron meditadas y discutidas con otrxs y son, en algunos casos, explicadas en notas a pie de página, pero más allá de eso, también quiero decir que son zonas abiertas no sólo a ulteriores discusiones, sino también a la transformación. A diferencia de un sinnúmero de traducciones que se podría mencionar –piénsese por ejemplo en las de Freud o Lacan, entre muchos otros casos que se inscriben en genealogías preeminentemente institucionales–, aquí no prima un afán de disputa por la transmisión de un pensamiento y una praxis, sino solo entrelazamientos intraactivos iterativos, como diría Barad, entre un sinnúmero de entre/lazos: mi uso de la lengua castellana, desde Chile, en América Latina, la edición de Federico Fernández Giordano desde su español, situado en Catalunya, y los entrecruzamientos y mallas que me han permitido discutir sobre esos cortes y re/escrituras traductoras antes de enviar el manuscrito al editor, así como ciertas inclinaciones estéticas, éticas y políticas particulares. También cierta valoración o, mejor dicho, cierto cariño por la sensación, algunas veces momentánea, de pérdida o fracaso. Quizá debido al «arte queer del fracaso», por usar el bello título de Jack Halberstam.[4]


Para referirme a los entrelazamientos y mallas mencionados, y para hacerlo también a modo de agradecimiento, tengo que partir por señalar que conocí a Barad gracias al envío de «Performatividad posthumanista», el texto mencionado al comienzo de estas palabras, por mi amiga Ángeles Donoso, chilena residente en Nueva York, profesora de CUNY, activista feminista y por los derechos de lxs migrantes y también investigadora y escritora, a quien conocí en un viaje mientras me encontraba reelaborando el programa de un curso de Doctorado que debía dar a mi regreso a Chile. Encuentros que se produjeron en viajes, tránsitos, que fueron transformadores desde innumerables puntos de vista. Este texto de Barad formó parte del programa de dicho curso, que se titulaba Cuerpo y escritura y, para ello, lo debí traducir para lxs estudiantxs, en un momento en que aún ni siquiera se me ocurrió poder hacer de la traducción un oficio. Esa traducción no la hice sola, sino que también gozó de los entrelazamientos que comentaba, pues lo leyeron, corrigieron y comentaron dos amigas, Camila Valladares, socióloga, y Manuela Infante, dramaturga, quienes trabajan hace años investigando y poniendo en escena los infinitos y bellos vínculos que es posible pensar y desplegar cuando se abandona el solitario paradigma humanista.


Más tarde, una vez terminada esta traducción, y ya enviada al editor, conocí a dos personas/colectivos más, interesadxs en el trabajo de Barad: Natalia Ortíz Maldonado, del colectivo Hehkt Libros, en Buenos Aires; y el colectivo Pliegue, particularmente a Daniela Céspedes y Tomás Flores, a quienes a decir verdad ya conocía, pero cuyo trabajo sobre Barad llegó a mi conocimiento en ese momento. Pliegue traduce y utiliza textos de Barad y de muchxs otrxs autorxs que dialogan con ellx en sus cursos y en sus sorprendentes y rigurosos trabajos de divulgación. Creo, firmemente, que todos estos proyectos son amistades, es decir entrelazamientos intraactivos iterativos agenciales, que se con/funden y se traspasan difractivamente unos a otros, dialogando y enriqueciendo sin duda el trabajo que ahora podemos entregarles publicado por Holobionte.


El propósito de Barad en su trabajo es, por definición, complejo, y es un propósito que, permítanme decirlo, no puede hacerse sino abrazando la complejidad y el mal-decir. El lenguaje no alcanza, los conceptos no alcanzan, sea el idioma que sea. Hay que inventarlos cada vez. Inventarlos incluso cuando se traducen. Hay que mal-decir para decir algo que no tiene concepto. De lo que se trata es de desbaratar, perturbar, inquietar, desestabilizar y deconstruir las divisiones y biparticiones que sostienen en su fijeza el pensamiento, las formas de subjetivación occidental y, con ellas, sus prejuicios y desprecios. Mostrar que los prejuicios que subyacen sobre lo queer no tienen que ver con la naturaleza (como si lo queer fuera contranatura), sino con la moralidad, puede hacerse de diversas maneras, con diversas fuentes y herramientas. Barad no es el primer caso, pero quizá una de las cosas más interesantes en su pensamiento es que intenta demostrar que el desprecio de lo queer, en sus distintas expresiones y formaciones históricas, no puede provenir de una glorificación de la naturaleza, porque la naturaleza es tremendamente queer (ultraqueer, en sus propias palabras), y que si hay quienes sostienen dicho prejuicio en ese argumento, lo hacen en el más profundo desconocimiento de la naturaleza de la naturaleza.


Barad volverá, una y otra vez, sobre las distinciones naturaleza/cultura, materia/significado, energía/materia, y muchas más, para preguntar y preguntarse qué es lo natural.[5] Apoyándose en la física cuántica, especialmente en Niels Bohr, y en investigaciones contemporáneas de autorxs como Donna Haraway, Astrid Schrader y Vicki Kirby −así como también podríamos pensar, aunque no lo dice explícitamente, en las filosofías de Étienne Souriau, Henri Bergson y Alfred N. Whitehead–, Barad construye lo que denomina «realismo agencial». El realismo agencial no se sostiene en el paradigma hegeliano según el cual «lo real es racional», ni tampoco, por cierto, en que lo real sea, por el contrario, irracional. Sino que establece y demuestra con amplios recorridos e interpretaciones de investigaciones físicas y biológicas que lo real no existe por fuera de la agencia, del encuentro, del entrelazamiento, del movimiento, de la potencia (en fin, digamos, recuperando el epígrafe de Blanchot, de la amistad). Lo real solo es posible en el «corte», en la separación que se produce en ese proceso, y en este sentido es queer por definición. Sí, lo real es queer. Ahí radica la potencia de su pensamiento. Para Barad, queer no puede ser nunca una detención, ni tampoco un enunciado, sino siempre un movimiento de enunciación, nunca un ser, mucho menos un Yo, sino una potencia. Lo queer tampoco sería en Barad −siguiendo un énfasis sostenido por Daniela Céspedes− la plasticidad absoluta del modo de captura o de producción capitalista del sí mismo y del deseo (y aquí son interesantes las relaciones que se pueden establecer no sólo con Deleuze y Guattari, por cierto, sino también con lectores críticos contemporáneos de estos autores como Franco Bifo Berardi y Mark Fisher), sino que tiene límites, fronteras, lo que hemos llamado también cortes. Esos cortes no se producen en un vacío relacional, y tampoco en el encuentro entre dos entidades o elementos discretos que existirían flotando en la realidad, sino en la intraacción entre sus potencias. Por ejemplo, la carga eléctrica que aparece como el germen del relámpago en los cielos, y la que a su vez transmite el suelo donde finalmente se producirá el relámpago (véase el texto «Transmaterialidades», incluido en Cuestión de materia); o las producciones o re/incorporaciones que se crean entre las diferentes cargas de un electrón (fotón-positrón) (como vemos en el texto «Sobre el tocar», incluido también en Cuestión de materia). Lo queer no existe, en rigor, como algo que se pueda apropiar. Lo queer es an-árquico, por usar una expresión tomada de Catherine Malabou,[6] y obtiene toda su fuerza agencial al mantenerse así. Lo real, los hechos, lo material, lo que adquiere importancia en un mundo, no se produce de manera «natural»; no son exterioridades que se limitan a interaccionar entre sí, sino que se producen por «contaminación»,[7] o «contagio». Lo que nos llega desde afuera como «hechos» son límites que se encuentran, chocan o atraviesan, se entrecortan y, entonces, existen y adquieren importancia en un mundo particular. Es en este sentido que tanto la naturaleza como lo queer, o la naturaleza como queer, pueden entenderse en el pensamiento de Barad performativamente. Aunque no me extenderé aquí sobre ello, baste señalar que para Barad la performatividad debe entenderse siempre como «performatividad posthumanista», en el sentido de poner en tela de juicio la existencia dada o «natural» de categorías diferenciales tales como «humano» y «no-humano»; por ello, Barad examina constantemente las prácticas que estabilizan y desestabilizan dichas fronteras diferenciales, proponiendo –a mi parecer en la mejor versión de la performatividad posthumanista– nuevos cortes y nuevos tránsitos que, de manera responsable [accountable], permitan formas más éticas de entrelazamiento con lxs otrxs, humanos y no-humanos, en medio de cuyo encuentro creamos y destruimos lo que entendemos como mundo, lo que cuenta, lo que importa, o que ha sido dejado fuera de lo que cuenta e importa, como Otro.  

                                                                                                                                                                                           Santiago de Chile, julio de 2023

 

 

 

Notas

[1] Karen Barad, «Performatividad posthumanista: Hacia una comprensión de cómo la materia llega a ser/llega a importar» (2003), texto recogido en Cuestión de materia, de próxima publicación en Holobionte.

[2] Laura Wittner, Se vive y se traduce, Buenos Aires, Entropía, 2022, p. 25.

[3] Kate Briggs, Este pequeño arte, Santiago, Roneo, 2022, p. 59 y 61.

[4] Jack Halberstam, El arte queer del fracaso, Madrid, Egales, 2018.

[5] No puedo dejar de señalar, en lo que sigue de estas palabras preliminares, mi deuda con el colectivo Pliegue, especialmente Daniela Céspedes y Tomás Flores.

[6] Catherine Malabou, ¡Al ladrón! Anarquismo y filosofía, Santiago, Palinodia; Buenos Aires, La Cebra; Donostia, Kaxilda, 2023. Véase también Nathalie Zaltzman, La pulsión anarquista, México DF, Malatesta, 2020.

[7] Anna L. Tsing, La seta del fin del mundo. Sobre la posibilidad de vida en las ruinas capitalistas, Madrid, Capitán Swing, 2021.

  

Silvana Vetö (Santiago de Chile, 1978) es Doctora en Historia por la Universidad de Chile y Master en Psychanalyse por la Université de París VIII. Desde 2021 se desempeña como traductora, librera y gestora cultural en Alma Negra Librería y Plataforma, en Santiago de Chile, además de desarrollar investigación en áreas que vinculan lo político, lo ecológico y los procesos de subjetivación. Ha traducido a Karen Barad (Cuestión de materia, Holobionte, 2023), Teresa de Lauretis y Nikolas Rose (Pólvora Editorial, Santiago de Chile), y hoy se encuentra trabajando en la traducción de un texto seminal de Günther Anders y de la poesía de Nicole Brossard, ambos desde el francés. Además de ello, colabora actualmente en un proyecto artístico que mezcla filosofía, ecología y performance, y dicta el Seminario Permanente de Alma Negra Librería y Plataforma, “Procesos de subjetivación contemporáneos: psicoanálisis, filosofía y experiencia”. Se desempeñó por más de diez años como docente universitaria e investigadora, publicando un sinnúmero de artículos en revistas académicas, en español e inglés, además de un libro titulado Psicoanálisis en estado de sitio, acerca de las instituciones psicoanalíticas en Chile durante la dictadura (El Buen Aire/FACSO, Univ. de Chile, 2013).
 

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